La vida misma, el juego del narrador sospechoso
21 abril, 2021
Tercera llamada: Vejez, resiliencia y plenitud
2 mayo, 2021

¡Qué feliz es la suerte virginal sin culpa!
Olvidando el mundo; por el mundo olvidada.
¡Eterno resplandor de una mente sin recuerdos!
Cada oración aceptada, cada deseo abandonado.

Alexander Pope

Al interpretar este fragmento del poema que da título a la película, pretendo iniciar con lo que será una revisión a los principales aportes de Melanie Klein a la teoría psicoanalítica, a través del análisis de una película que cabría dentro de la categoría del realismo mágico.  Alexander Pope parece querer transmitir la idea de la tentadora posibilidad en el ser humano de renunciar al principio de realidad y entregarse a las fantasías del delirio de la psicosis: 

La realidad tiene la condición de provocar dolor, es parte inherente de la vida. No es sencillo ni natural lidiar con él; de hecho hubo que crear al aparato psíquico para ello, se necesitan un sinfín de mecanismos de defensa para hacerle frente, y éstos van a variar dependiendo la cantidad de dolor que se tenga que experimentar.

Desde el primer momento, el/la bebé expulsa fuera de sí el dolor del nacimiento. Freud llamaba a este proceso la “deflexión” (o desdoblamiento) de la pulsión de muerte, y sirve para preservar la vida de esa “cosa” que más tarde sería un sujeto (González, 2020). Un modo de expresión de esta pulsión será la agresión, y aunque resulte enredoso, también sería la vía más directa y primitiva de expresión del dolor. La agresión implica expulsar un afecto intolerable, es una forma de protegerse de él para mantenerse con vida. Es así que al nacer la cosa proyecta esta agresión en el pecho de su madre, que es lo único que logra percibir por brindarle el alimento del que ahora carece de forma intermitente. El llanto agresivizado del bebé puede no ser tolerado por ella y conectarla con sus propias experiencias de agresión vivida de forma pasiva, por lo que le responderá desde ahí defendiéndose, devolviendo el mismo afecto e intensificando su vivencia en el/la bebé. La experiencia prolongada del dolor y la agresión va a ir construyendo un aparato psíquico con defensas patológicas de negación de esta realidad, que sólo se percibe en su faceta dolorosa. Por lo que estos mecanismos tenderán a ser masivos y arrasarán con todo de forma indiscriminada, dejando al sujeto predominantemente solo con sus fantasías delirantes.

Esta esquemática explicación de la psicosis pretende introducirnos en lo que decía Melanie Klein sobre la cualidad psicótica de funcionamiento psíquico primitivo que es común a todos los seres humanos, es de la cual partimos y a la cual algunas veces buscamos retornar, cuando la realidad impone encrucijadas difíciles de sortear. Esta fantasía está muy lejos de satisfacer el ansiado descanso (o el eterno resplandor) ya que la agresión no termina su camino al ser expulsada en el mundo externo. Cuando no se transforma en algo distinto por otra persona que calme al bebé (o adulto), retorna y se introyecta en el yo para atacarlo desde dentro, creando así la paranoia. El objeto dañado en la fantasía y/o realidad, retornará al yo en forma de retaliación o venganza. Es así que el psicótico (y aquel símil “normal” por el que todos transitamos) sufre también, pues no fue capaz de distinguir entre el verdadero peligro del que sólo es un supuesto “miedo a lo desconocido”[1].

La teoría de Melanie Klein ha sido cuestionada y criticada entre otras cosas porque radicalizó las etapas del desarrollo libidinal descritas por Freud. Todo lo que para él sucedía a lo largo de los primeros seis años, ella dijo “haberlo visto” en sus pacientes de seis meses a un año. Para ella las etapas oral, anal, fálica y genital se superponen y alternan basadas en un “yo temprano” que existe desde siempre (también un complejo de Edipo y un superyó tempranos)[2]. En esto también se distinguió de Freud pues para él, el yo se va desarrollando gradualmente en el contacto con la realidad. Para Klein es una estructura que viene determinada biológicamente y se pone en marcha en la deflexión, pues se activa como un mecanismo de defensa, y al componerse el yo de estos mecanismos es que supone su existencia.

Entonces, ¿qué pasa si no hay una progresión sucesiva y definitiva en el desarrollo del cachorro para convertirse en ser humano? ¿Qué sucede si todas las etapas se traslapan a lo largo de toda la vida y hasta la más temida y ajena patología nos constituye (en el caso de la psicosis)? Estaríamos hablando de una verdadera revolución del paradigma positivista que regía en ese entonces, pues a pesar de estar Freud con un pie adentro y otro afuera, siempre fue temeroso de salirse por completo. En tiempos de Freud la teoría evolucionista era lo revolucionario, y por eso nunca dio crédito a esta propuesta que ponía en jaque al avance teleológico y la tajante separación entre la neurosis y la psicosis. Y es que para hacer este giro a la teoría psicoanalítica, Klein debió desestimar la teoría económica de Freud, que igualmente partía de ciencias positivas como la física. Para la autora el concepto central que le permitió “observar” en sus pacientes todo lo que dio pie a su teoría, es el de la fantasía, y es desde ahí que interpretaba los contenidos a sus pacientes.

Si bien Freud define a la fantasía como “la realización alucinatoria de deseos”, para Klein es “la representación mental del instinto” (recordemos que en psicoanálisis el instinto se representa en la psique como una pulsión, por lo que fantasía y pulsión serían equiparables) (Isaacs en Klein, 1955). Entonces nunca va a existir un instinto sin su concomitante representación mental, y de ahí parte para decir que el aparato psíquico no se funda en cierto momento, sino que ya existe al momento del nacimiento. Desde entonces la mente hace representaciones, crea imágenes de sus experiencias tanto externas como internas (a la psique) que le permiten actuar en consecuencia. Si decíamos que el quehacer principal del aparato psíquico es desplegar mecanismos de defensa frente a la dolorosa realidad, estaríamos diciendo que estas imágenes (fantasías) serían la traducción de aquellos. Es así como Klein podía “ver” el funcionamiento psíquico, pues lo traducía todo en fantasías, que para los legos resultan inverosímiles y demasiado explícitas como para ser creadas por bebés tan prematuros. ¿Qué autorizaba a Klein para afirmar la existencia de estos contenidos tan maduros en una mente tan joven? La respuesta está en su teoría filogenética. El/la bebé no nace pudiendo hablar, se comunica con su madre mediante gestos, intenciones compartidas, imágenes, representaciones simbólicas que el/la bebé comprende gracias a que están inscritas en sus genes.  La fantasía (pulsión) es buscadora de objetos, viene prefijada de manera genética para ligarse al objeto al que va destinada, lo busca en el exterior para luego introyectarlo (Segal, 1984). Este proceso de introyección del objeto tampoco se da gratuitamente, de hecho es bastante complejo para la psique y puede incluso no suceder, como en algunos casos de autismo. Para explicárselo Melanie Klein usó dos conceptos que llamó la posición esquizoparanoide y la posición depresiva. Y para comprenderlo nosotros entraremos finalmente al tema que nos ocupa en este ensayo, que es el análisis de la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos:

Empieza el día para nuestro personaje Joel, y al encontrarse en la parada del tren para ir a trabajar, un impulso desconocido lo lleva a cambiar de andén para dirigirse a una playa cercana. En un intento por comprenderse lo vemos describirse en su diario como una persona extremadamente aburrida, con una vida monótona y con gran temor a hacer algo distinto. Parecería usar unas defensas tan obsesivas que rayaría en la psicosis, sobre todo por la sensación de que “le falta algo”, como si estuviera fragmentado. Ahí conoce a una chica, Clementine, que tampoco luce muy cuerda, pero en el extremo opuesto de la desinhibición. Conforme su relación avanza parecen ir saliendo ambos de ese estado regresivo y de rasgos infantiles en el que lucen estar al principio.

La trama hace un salto en el tiempo, nos muestra la ruptura de la pareja y el dolor que experimenta Joel por ser el día de San Valentín. Se entera que su ex novia contrató un servicio para borrar todos los recuerdos que tiene de él, al grado de ni siquiera reconocerlo. Se frustra mucho mientras sus amigos intentan calmarlo recordándole lo impulsiva que suele ser. Entonces es como si se identificara con ella, pues al final decide ir a la clínica él también para borrarla de su mente, lo que les causará un daño cerebral. El proceso consiste en contarle a los médicos cada recuerdo de la persona que se tenga ligado a diferentes objetos materiales (una fantasía ligada a su objeto externo), que llevan en una bolsa para luego ser tirada a la basura. Así los doctores crean un mapa con todos los recuerdos vinculados entre sí y los van borrando uno tras otro. Es así que mientras Joel se encuentra dormido con un casco con cables conectados a una computadora, va soñando cada recuerdo mientras se los van eliminando. El sueño de Joel es muy lúcido, hay una parte de él que está consciente e incluso escucha las voces de los médicos, lo que recuerda a un estado paranoico. Sin embargo, su consciencia se va acrecentando para darse cuenta que no quiere que se le borren sus recuerdos, al grado de aliarse con la Clementine de su mente para que lo ayude a escaparse del mapa por el que los médicos van avanzando, lo que los lleva a esconderse en los recuerdos más arcaicos, vergonzosos e inconexos con las vivencias junto a ella.

Mientras repasan recuerdos, se sucede el de la última vez que se vieron: Clementine llega a casa borracha a las tres de la mañana mientras Joel la espera despierto leyendo. Él le reclama su hora de llegada y ella le informa que destrozó su auto. Entonces él la empieza a regañar como a una niña y ella se ríe de él, le dice que en realidad está molesto porque no salieron juntos esa noche y teme que se haya acostado con alguien. Él le responde que está seguro que lo hizo pues esa es su forma de relacionarse con los hombres. Ella muy ofendida toma sus cosas y sale de la casa.

Recordando la agresión de la que hablábamos al principio, ligada a un estado psicótico primitivo común y normal, hace falta decir que esas cualidades se engloban en la posición esquizoparanoide de la teorización de Klein. Surge como una necesidad del bebé de separar sus vivencias malas de las buenas, y como apuntábamos, protege a estas últimas proyectando fuera de sí a las malas y desconociéndolas como propias. Este mecanismo llamado escisión[3] hace que los objetos se perciban parcialmente, sólo se ve el pecho de la madre, pero en realidad se ven dos en alternados momentos: un pecho bueno cuando gratifica y uno malo cuando frustra, por lo que el que no se expresa en ese momento es negado en la psique. El primer objeto tiende a ser idealizado y al segundo se le devalúa. Como último mecanismo propio de esta posición encontramos a la identificación proyectiva[4], que, dicho sea de paso, crea el vínculo en la pareja y es el trasfondo de la empatía. Es un concepto que se ha descrito de muchas maneras contradictorias entre sí, incluso se le ha considerado inútil por englobar tantos fenómenos disímiles, pero al final no se le puede descartar por ser tan importantes. Hablábamos de la necesidad de ahondar en el proceso de introyección de los objetos, y esta es la forma de hacerlo, lo cual va creando las instancias del aparato psíquico[5]. Consiste en la fantasía inconsciente de escindir y colocar partes del self y objetos internos en un objeto externo para indagar o defenderse (Grostein, 1981). En el primer caso sería depositar objetos/representaciones (buenos o malos) propios dentro de otra persona para mirarlos desde ahí, con el fin de comprenderlos, mientras se comprende al otro. Después regresan al yo (se reintroyectan) modificados a partir de la identificación que se hizo con el otro. En la forma defensiva se proyectan objetos internos para controlar al otro desde ahí, para que no se vaya, o porque esos objetos son intolerables para el yo, por lo que la otra persona se ve modificada en ese proceso intersubjetivo. Es así que la identificación proyectiva del enamoramiento es de las maneras de hacerla más primitivas y psicóticas, pues al proyectarse tanto el yo en el otro, se pierden algunas cualidades de éste, se le llega a ver como objeto parcial idealizado, y cuando se cae este ideal se puede llegar a expresar un odio de la misma intensidad. En cuanto a las partes del yo que se proyectaron en el otro, no se las puede perder por más que sean intolerables, por lo que la presencia del objeto externo se vuelve imprescindible para mantenerse completo a sí mismo.

Si pensamos qué partes proyectaba Joel en Clementine, podríamos pensar que siendo él tan racional y ordenado, la necesitaba a ella para expresar cierta confianza en lo impredecible y espontáneo, ya que es un objeto difícil de manejar para él. Observábamos ciertos rasgos paranoicos en Joel que nos pueden hablar de una forma patológica de hacer identificación proyectiva, donde se proyectan más objetos malos que buenos y al regresar al yo se vuelven persecutorios. Es así que nos podríamos explicar el tono agresivo con el que le habló a Clementine en la última pelea, donde trata de esconder sus celos. No podemos decir que ella sea más sana, de hecho, probablemente también esté haciendo actuar a Joel esa forma paternalista porque su “confianza en lo impredecible” no es tan madura. Es así como Díaz-Benjumea (2013) nos habla de que este mecanismo es un juego de roles que cuando se equipara a los roles de género se configuran diferencias de poder patológicas en sí mismas: En el hombre habría un proceso de identificación proyectiva de su self dañado, mientras que en la mujer habría un proceso de identificación proyectiva de su objeto perseguidor. Al tener Joel una falla narcisista intolerable, se defiende contra ella proyectándola y denigrando a Clementine, como cuando ella le dijo que quería tener un hijo y él se burla de su incapacidad para hacerse cargo siquiera de sí misma. Del otro lado, por la condición estructural de violencia simbólica, la mujer tiende a identificarse con su agresor porque al no contar con un objeto externo socialmente permitido en el cual descargar, dirige su agresión a sus objetos internos y permanece con el agresor para satisfacer su necesidad de castigo[6]. Se trataría de una psicodinamia cíclica donde “al entrar en relación, la persona pone en movimiento sus propios esquemas cognitivo-afectivos y acaba produciendo en el otro una respuesta que, circularmente, refuerza esos antiguos esquemas” (Díaz-Benjumea, 2013, p.105). No hay una intención consciente de transformar ni dañar, no se puede actuar de otra manera pues se encuentra inscrita en la memoria procedimental.

Un ejemplo de que también se proyectan los objetos buenos es que Joel idealiza a Clementine de tal forma que no se muestra a sí mismo, para protegerla de su maldad interna que está escindida escribe todo lo que siente en su diario, pero con ella se muestra parco y seco, lo cual a ella le duele.

Para Klein un concepto muy importante que estaría detrás de estos procesos patológicos es la envidia, la cual se define como la intolerancia a la capacidad de felicidad del otro, el deseo de poseer lo que el otro tiene. Muchas parejas se mantienen a base de ella pues es una fuerza más intensa que el amor (González, 2020). Al ponderar Klein la agresión y pulsión de muerte como factores estructurantes, revela aún más la dificultad de revertir esa tendencia y hacer que prevalezca el amor sobre el odio para que el sujeto pueda desarrollarse y madurar. Entonces la envidia se traduce en voracidad, la cual se da al idealizar en exceso al objeto y creer que es ilimitado.

Cuando logra el/la bebé contrarrestar la envidia primaria se produce la segunda posición que tenemos que describir por fin: la posición depresiva[7]. En el interjuego de la gratificación y frustración que provoca la madre en su hijo/a, poco a poco va reconociendo la bondad del objeto y surge en él/ella la gratitud. Su mayor capacidad neurológica también actúa para hacerle ver que aquellas experiencias polarizadas provienen de un mismo objeto: su madre, por lo que la deja de ver como los pechos que le inducen uno dolor y otro placer, para ver que pertenecen a una persona total e independiente. Esto se da gracias a que la ambivalencia le permite experimentar ambas sensaciones al mismo tiempo, y así va integrando sus sentimientos para complejizarlos y matizarlos. Es así que la proyección de sus impulsos libidinales y agresivos disminuye, los reconoce como propios y eso le permite saber que dañó al mismo objeto que también ama, lo cual le da culpa pues se reconoce en falta, dependiendo de un objeto que podría alejarse si lo sigue agrediendo.

Esta culpa puede ser muy intolerable para el yo, por lo que se va a defender de ella mediante la manía, que en el mejor de los casos será sólo transitoria, pero el duelo patológico permanece en ella y por eso no puede concretarse[8]. Las tres claves de la manía son el triunfo, el control y el desprecio sobre el objeto (Segal, 1984). La decisión de los personajes por realizar el borrado de sus recuerdos sería una forma ominosa de hacer realidad esta fantasía, donde para defenderse de la intolerable sensación de pérdida del objeto, se decide hacer como que no se le necesita, se le desprecia incluso en la propia mente. Es así que mientras van describiendo sus recuerdos al médico están plagados de elementos negativos que van siendo grabados en un cassette para su expediente. Describir los defectos de la persona es un mecanismo necesario para poderse separar (es más fácil hacerlo cuando el objeto ya no tiene valor) (González, 2020), la diferencia de un duelo normal con este artificial es que sería una máquina quien realice lo que ellos tendrían que introyectar, por lo que no puede ser eficaz. La introyección del objeto en el núcleo del self  es el proceso final de la posición depresiva: el/la bebé va necesitando menos y menos la presencia de su madre porque se ha identificado con ella y con las funciones que realizaba, va construyendo su yo a través de esos rasgos que pierde en la realidad para reencontrar en su mundo interno de forma simbólica. En ese punto es que puede sobrepasar la psicosis que sólo lo hace funcionar en el registro imaginario, la mayoría de seres humanos se queda a medio camino entre la psicosis y la neurosis y se organizan con un trastorno limítrofe. 

Durante el proceso de borrado de memoria, Joel parece estar experimentando la angustia depresiva al contrastar e integrar ambas experiencias buenas y malas, lo que lo hace decidir que no quiere perder el objeto que al menos estaba en su mente, pues lo hacía ser él mismo en cierto grado. Sin embargo, al someterse al tratamiento no puede revertir lo que podría ser una metáfora de una condición misma de su mente: la de hacer un duelo patológico. En este tipo de duelo los objetos están incorporados de manera orbital, más no en el núcleo del yo, o al menos les es más difícil realizar la identificación para llevarlos al núcleo (a eso que lo hace ser él mismo) y se relacionan con ellos de manera orbital (Wisdom en Shutt, 1980), pues como decíamos hay un grado importante de envidia y proyección que no permite entrar a la función simbólica a hacer su trabajo de creación de la identidad[9]. Un yo empobrecido de esa forma no puede prescindir del objeto externo que lo hace vivir internamente y constituir su aparato psíquico, lo necesita siempre en la realidad para existir pues no hay nada que lo represente dentro, y esa es la razón por la que muchas parejas que en el fondo se odian, no pueden separarse. Una separación viable es consecuencia de rompimientos vinculares y no causa de ellos (González, 2020).

Entonces mientras Joel ve pasar frente a sus ojos todos esos recuerdos-fantasías que está viviendo de manera alucinatoria, con toda su carga afectiva, no puede tolerar su pérdida y se rebela contra ella. Al final el proceso de borrado es más fuerte y termina encontrando a Clementine en todos los lugares en donde la esconde, pero en el último momento ella le dice en secreto que se reúnan en la playa donde se conocieron y a la que él se dirige impulsivamente al inicio de la película. Por lo tanto, nos damos cuenta que esas primeras escenas eran posteriores al borrado de memoria de ambos.  Cuando vuelven a empezar su romance una persona decepcionada del servicio decide mandarle a cada cliente el cassette donde hablan de sus recuerdos de manera despectiva para ser eliminados. Así es como tanto Joel como Clementine se enteran de todo lo malo que dijeron de la otra persona, pero aún así deciden darse otra oportunidad, en lo que podría parecer un final feliz de la película. En las escenas eliminadas podemos ver a los personajes volviendo a recurrir infinitamente al servicio de borrado de memoria.

Bibliografía:

Baranger, W. et.al. (1980). Aportaciones al concepto de objeto en psicoanálisis. Buenos Aires: Amorrortu.

Bott Spillius, Elizabeth. (1983) Some Developments from the work of Melanie Klein. International Journal Of Psychoanalysis. 64:321-332

Díaz-Benjumea, M. D. (2013). La identificación proyectiva. Actualización desde una perspectiva relacional. Clínica e investigación relacional. Revista electrónica de psicoterapia. Madrid. Recuperado en: www.ceir.org.es

González, F. (2020). Seminario de Teoría de las relaciones objetales 1. Introducción a Melanie Klein. México: AMPAG A.C.

Grosskurth, P. (1986). Melanie Klein. Su mundo y su obra. México: Paidós.

Grotstein, J. (1981). Identificación proyectiva y escisión. México: Gedisa.

Heimann, P.  e Isaacs, S. (1974). Desarrollos en psicoanálisis. Buenos Aires: Hormé.

Sandler, J. (1986). Proyección, Identificación, Identificación Proyectiva. Madrid: Julián Yébenes.

Klein, M. (1955). Obras completas Tomo III. Buenos Aires: Paidós.

Segal, H. (1984). Introducción a la obra de Melanie Klein. Buenos Aires/México: Paidós.


[1] En realidad, no existe el miedo a lo desconocido, todo miedo tiene una representación que viene prefijada en los instintos, como se verá más adelante. Si existe un miedo difuso es porque es desconocido para la conciencia. (González, 2020)

[2] Esto se debe a la Ley de continuidad genética: no podemos decir cuándo algo aparece, el Yo está y no está, lo que cambia es su nivel de desarrollo (Heimann, 1974).

[3] “La escisión es lo que permite al yo emerger del caos y ordenar sus experiencias. Por excesivo y extremo que pueda ser al comienzo, este ordenamiento de la experiencia que acompaña al objeto en uno bueno y otro malo sirve, para ordenar el universo de las impresiones emocionales y sensoriales del niño y es la condición previa para la integración posterior” (Segal, 1984). Este mecanismo se encuentra en ambas posiciones y es la base de la represión que se alcanza en la posición depresiva.

[4] Las negritas son para indicar que se habla de los mecanismos de defensa propios de la posición esquizo paranoide.

[5] Freud (en Heimann, 1974) decía que la mente funciona como una ameba: incorpora y descarga. Esto se relaciona con lo que decía Sandler (1986) de la identificación proyectiva como elemento de regulación pulsional.    

[6] “La identificación proyectiva origina diversas ansiedades. Las dos más importantes son las siguientes: el miedo de que el objeto atacado proyecte sobre uno en retaliación, y la ansiedad de tener partes de uno mismo aprisionadas y controladas por el objeto en el que se las ha proyectado” (Díaz-Benjumea, 2013). El primer caso correspondería a Joel y el segundo a Clementine.

[7] Según Klein (1955) se transita a la posición depresiva a los tres meses, pero aún no se ha resuelto la anterior, como decíamos para la autora no hay secuencia en el desarrollo y durante toda la vida hay ansiedades de ambas posiciones simultáneamente. También dependiendo las condiciones de vida que nos toquen es que va a emerger más una posición que otra.

[8] Un puente entre las posiciones son las defensas maniacas. Se usan para poder superar el dolor y protegen al yo de la desesperación total. Si estas son excesivamente fuertes, “se establecen círculos viciosos y se forman puntos de fijación que interfieren con el desarrollo futuro”. (Klein, 1955, p. 85)

[9] Freud decía que el yo es un precipitado de catexias, es decir que se debe renunciar al afecto positivo o negativo que contenga una representación para que ésta puede entrar con energía neutra a estructurarlo. Es así que todo el proceso normal de maduración del ser humano es un duelo.