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Diversidad sexual no es sinónimo de patología – Ana Lilia López Rodríguez

“Si Lacan reconoce que la homosexualidad de la mujer procede de una heterosexualidad decepcionada -como se afirma que lo demuestra la observación-, ¿No sería igual de evidente para el observador que la heterosexualidad procede de una homosexualidad decepcionada?” 

Judith Butler, 1990: 123

Este escrito tiene como objetivo reflexionar sobre la postura clínica frente a la diversidad sexual al despatologizar la mirada de las disidencias sexuales.

Así como conceptualizamos a la personalidad, podemos conceptualizar a la sexualidad sin la obligación de encasillarla en algo patógeno, así como el entender la etiología de una personalidad obsesiva, histérica o una organización limítrofe nos sirve para entenderla y ayudar a la persona a vivir de la mejor manera posible con la estructura u organización que tiene. Podemos ayudar a que la persona esté lo mejor posible con la orientación sexual que su psique haya estructurado. Si quitamos la etiqueta de patológico a lo diverso, dejamos de buscar llevar a los pacientes hacia la “normalidad”, normativa, para que sean aceptables ante un sector mayoritario de la sociedad. 

Diversos movimientos sociales han exigido que se escuche y reconceptualice a la diversidad sexual. Gracias a ello en 1990, la homosexualidad dejó de ser considerada una enfermedad por la OMS, sin embargo, en las formaciones podemos seguir encontrando textos en dónde se estudia como un fenómeno producto de alguna falla en el desarrollo; una figura paterna débil, una madre fálica castrante, dificultad para asumir la castración, rechazo a renunciar a la diferencia de los sexos, etc. Estudiar la génesis de una característica en sí no tendría por qué ser negativo, es lo que hacemos con los fenómenos psíquicos como los sueños, los rasgos de carácter etc., la cuestión se complica cuando se pasa de buscar entender cierto fenómeno a darle una connotación negativa a los factores que lo generaron. 

En “Tres ensayos de la teoría sexual”, Freud (1905), habla de la desviación de la meta. La meta freudiana es la reproducción (conservación de la especie) y todo aquello que en el acto sexual se aleje de la meta sería considerado una desviación. Desde esta lógica, plantea que el sexo oral y anal son desviaciones, pero que pueden ser un preludio de la meta. Bueno desde esta lógica también el uso de métodos anticonceptivos sería una desviación, sobre todo aquellos que son definitivos, sin embargo, no se considera desviados a los pacientes por usar métodos anticonceptivos. ¿Serán no desviados siempre y cuando el acto concluya en el orificio considerado como normal? Bueno, estamos hablando de 1905, la teoría freudiana está impregnada de su época. 

Sin embargo, sabemos que Freud escribió una teoría y ejerció una práctica que no siempre concordaban totalmente, si bien llamó desviados a las personas homosexuales por cuanto se desviaban de la meta (de reproducción de la especie), y daba como una de las explicaciones el enamoramiento narcisista (se amaban a sí mismos ocupando el lugar de su madre), en la carta que le escribe a una madre que lo consulta por la homosexualidad de su hijo, Freud respondió:

La homosexualidad seguramente no tiene ninguna ventaja, pero no hay nada de lo que avergonzarse, no es un vicio, ni una degradación, ni mucho menos una enfermedad. Consideramos que es una variación de la orientación sexual, quizá producida por un diferente desarrollo sexual. Muchas personas muy respetables de los tiempos antiguos y modernos han sido homosexuales, varios de los más grandes hombres de entre ellos: Platón, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, etc. Es una gran injusticia perseguir la homosexualidad como si se tratase de un crimen, y una crueldad también. 

(…) ¿Qué análisis puede hacer si su hijo transcurre por una línea diferente? Lo importante es si él es infeliz, neurótico, afligido por sus conflictos, inhibido en su vida social. Entonces el análisis puede traerle armonía, la paz de la mente, la eficiencia total. Si él sigue siendo un homosexual o cambia, es lo de menos. (Freud, 1935)

Queda bastante claro aquí que desde la base práctica (marcada por Freud), de la clínica psicoanalítica no hay que ver una enfermedad donde no la hay y mucho menos tratar de curar lo que no está enfermo. Y es aquí donde quisiera plantear la pregunta que rige este texto ¿podría ser que lo patológico esté en la mirada de quien hace un presunto diagnóstico? Es decir, en este caso de los especialistas “psi”.

Si nos consulta alguien con una orientación sexual disidente nuestro foco inicial no debiese ser la orientación del sujeto en tanto ésta no le cause malestar. Sin embargo, muchas veces la orientación sexual sí es causa de malestar, y en ello influyen dos factores; el primero es el medio en que se desenvuelve y del cual deriva el segundo factor que es el interno. Muchas veces la persona ha internalizado que eso que siente “está mal”, que tiene algo malo dentro, ese significante “malo” no es genuinamente del sujeto sino de la cultura a la que pertenece, cultura que por cierto, no nos es ajena a los psicoanalistas. De hecho, no hace mucho se prohibía el acceso a la formación como psicoanalistas a los sujetos homosexuales y esa particularidad forma parte de nuestra historia, esta tajante división que descartaba de entrada a una persona sólo por su orientación sexual, hizo una separación de nosotros-ellos, buenos-malos, sanos-enfermos, y esta historia puede trasminarse para bien o para mal al recibir a un paciente, es decir que como cualquier otro aspecto de nuestra construcción personal puede favorecer o no al curso del análisis.

Durante el curso del análisis de pacientes con una orientación sexual disidente, es importante mantener especial atención a nuestra posición frente a este tema, particularmente, cuando quien nos consulta muestra dudas sobre su propia orientación, mantener la neutralidad puede ser una tarea compleja. Recuerdo particularmente un caso; un paciente definido como homosexual comenzó a tener una atracción heterosexual en el curso del tratamiento, lo que le llevo a cuestionarse no sólo su orientación sino su identidad misma. Ante estos cuestionamientos, descubrí que había una parte mía que consideraba que no tenía nada de malo la inquietud y  exploración del paciente, con ésta parte mía me sentía cómoda, pero tenía otra parte incómoda; como analista no sabía qué hacer ¿tenía que favorecer una decisión?, ¿tenía que llevarle hacia la “cómoda” heterosexualidad, tierra prometida de la normalidad?, ¿tenía que llevarle a un reencuentro con su deseo homosexual?, ¿definir la orientación es sinónimo de salud, y la salud es binaria? En mi primera formación aprendí que no es sano no ser heterosexual, implica una defensa, una relación patógena con la madre que obliga al sujeto a huir, pero quedar atrapado, es una sexualidad infantil perversa pero no reprimida como sucede en los neuróticos “normales”. No se puede curar, pero no es salud. En ese momento no sabía qué hacer y entonces decidí no hacer nada, lo cual ahora en una crítica menos severa hacia mí misma, puedo pensar que también fue hacer algo. 

Dimen (2001), plantea que la perversión está en todos en mayor o menor grado, ¿por qué apresurarse a etiquetar a los pacientes, en lugar de atender al sufrimiento que va mas allá de cualquier etiqueta? Los pacientes no acuden a nosotros para salir de una alienación y ser llevados a otra, tampoco para probar nuestras teorías, acuden por causa de un sufrimiento que buscan aliviar. En el juramento que hice en mi primera formación se me pidió jurar luchar por el bienestar de los pacientes sin anteponer mis intereses o pasiones. La clínica psicoanalítica propone por un lado desalienar al sujeto para permitirle encontrarse con su propio deseo. Pero el deseo heterosexual no se cuestiona, se cuestiona el sufrimiento, si es que lo hay, en la forma de relacionarse, entonces lo mismo valdría para una orientación sexual disidente. Por supuesto aquí no estoy considerando a las perversiones (en el sentido de perversidad) sexuales, en donde el placer se obtiene a partir del sometimiento del otro (abuso sexual, violaciones, pedofilia, necrofilia, etc.), práctica que también toca el ejercicio clínico, por cierto. Me refiero exclusivamente a la diversidad de orientación sexual consensuada en donde hay respeto hacia las partes que componen el ejercicio de dicha expresión.

Retomando el hilo de nuestra posición frente a la diversidad sexual, Roughton (2002), señala que al hablar del deseo como síntoma y su actuación como actingout implica que algo esta mal con ese deseo. Es por ello por lo que la forma en que entendemos los deseos de nuestros pacientes va a mostrar aceptación o rechazo de esos deseos. Esto es muy importante porque quiere decir que la metáfora de ser una pantalla en blanco no es posible, la pantalla no puede ser blanca, esta atravesada por nuestras personalidades y la teoría a la que nos adscribimos, y la devolución que hagamos va a impactar a nuestros pacientes.

Sigue ahora esclarecer la respuesta de mi pregunta inicial, ¿podría ser que lo patológico esté en la mirada de quien hace un presunto diagnóstico? Según la Real Academia de la Lengua Española (RAE), patología se define como la parte de la medicina que estudia las enfermedades y como el conjunto de síntomas de una enfermedad, patos según la etimología griega es enfermedad. Desde mi comprensión, ver una enfermedad en un sujeto donde no la hay, sería lo enfermo, es decir que la visión desde la cual se diagnóstica no es sana, por cuanto distorsiona una característica y la explica mediante una enfermedad. Y esto podría ser, así como lo social lo que lleve a un sujeto a enfermar, sin embargo, su respuesta sería una respuesta normal. ¿Quién podría tolerar el rechazo, la reprobación constante y no conmoverse? Algún síntoma tendría que emerger. Socárides (1988) plantea que el actuar femenino de algunos homosexuales conlleva a su vez una devaluación de la mujer, porque es una ridiculización de lo femenino, sin embargo, pudiera ser una forma diferente de ser mujer, una organización alterna para encontrar un lugar que socialmente no se da. Esto no lo sé y es una hipótesis como pueden construirse muchas, sin que ninguna tenga que ser una verdad.

Existe una natural tendencia al pensamiento binario, y empezar a salir de éste no es algo fácil. Nos hace alejarnos de las certezas que son tan necesarias para calmar nuestra ansiedad frente a los pacientes, sin embargo, el poder aceptar que no todo tiene que definirse ni rápida, ni tajantemente nos permite ser coherentes con el concepto de psiquismo abierto susceptible de cambios. Gracias a ese concepto es que consideramos la posibilidad de cambio psíquico, y la orientación sexual no tendría porque permanecer fija. Nuestra época es de cambios fuertes en los paradigmas sobre todo en el ejercicio del psicoanálisis, lo que hace apenas 30 años era una enfermedad hoy ya no lo es. Seguimos buscando encontrar un lugar social para las diversas expresiones sexuales, buscamos nombrar y entender, eso en sí no es algo malo, lo nocivo puede ser seguir denominando como patológico algo que no lo es sólo porque no tenemos una mejor forma de explicarlo. Hacerlo implicaría mostrar que no hemos aprendido nada, que nuestra práctica es rígida y la salud implica flexibilidad por lo cual nos encontraríamos con una contradicción importante en nuestros propios conceptos.

Y quisiera cerrar con la siguiente reflexión ¿Habría una especie de inercia que nos lleve a los especialistas de la salud mental a buscar clasificar como patológico aquello que salga de la norma, aludiendo al supuesto de que tal conducta genera desadaptación, sin considerar que la desadaptación pudiese venir no de la conducta o preferencia del sujeto en sí sino de una dificultad social para lidiar con las diferencias? Considero que es la dificultad social para lidiar con lo diferente lo que hace que se marginen a los sujetos que manifiestan un ejercicio alterno de su ser, en este caso, de la expresión de su ser en la sexualidad genital. Seamos responsables, social y profesionalmente, para entender la patología causada por la dificultad propia al posicionarnos éticamente frente a las disidencias.


BIBLIOGRAFÍA

Butler, J (1990) El género en disputa el feminismo y la subversión de la identidad, España: Paidós. 

Freud, S (1935) Carta de Freud a una madre sobre la homosexualidad.  Londres: 

Recuperado de: https://shangay.com/2015/02/19/carta-de-freud-a-una-madre-sobre-la-homosexualidad/Enero 2020

Freud, S (1905) Tres ensayos de la teoría sexual, Tomo VII, Buenos Aires: Ed. Amorrortu

Diccionario Real de la Lengua Española (2020) España: Recuperado de https://dle.rae.es/patolog%C3%ADa?m=form

Dimen M (2001) Perversión Is Us?: Eight notes, Psychoanalytic Dialogues, recuperado de http://www.pep-web.org/document.php?id=pd.011.0825a&type.

Roughton R (2002), Cuatro hombres en tratamiento: evolución de una perspectiva sobre la homosexualidad y la bisexualidad, Revista internacional de Psicoanálisis Aperturas, vol. 011, recuperada por: http://www.aperturas.org/articulo.php?articulo=0000200

Socárides Ch. 1988, Las perversiones sexuales. Orígen preedípico y terapia psicoanalítica. México: Gamma Editorial.