HISTORIA DEL PSICOANALISIS EN MEXICO (INDIVIDUAL Y GRUPAL).
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El padre y la transmisión generacional del trauma.
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 María Eugenia Melgoza Magaña*

Lo más importante para mí en este momento es: 
yo, yo, yo, luego mi novia, mis amigos y mi familia;
en ese orden”.
Carlos. Adolescente varón. 16 años de edad.

El tema que llama mi atención se refiere al noviazgo como una de las alternativas a la que el y la adolescente recurren para disminuir la ansiedad que les provoca el proceso de separación – individuación, mismo que tendrán que vivir solos y tal vez con anticipación debido al abandono, propositivo o no, de los padres.

A lo largo de este trabajo intentaré plantear a qué me refiero con los conceptos de progresión y estancamiento desde un punto de vista del desarrollo psicosocial.  Por ahora podemos manejar solamente la idea de que progresar se entiende como sinónimo de mejorar, adelantar, desarrollar, evolucionar, germinar, florecer, y estancar es sinónimo de detener, paralizar, obstruir o entorpecer.

Estructura familiar

Para entrar en el tema me parece importante hacer algunas consideraciones sobre las transformaciones en la estructura que ha sufrido el sistema familiar.  Los cambios sociales, como la participación de la mujer en la fuerza laboral, entre otros, han precipitado el incremento de los divorcios; en 1992 se estimaba que dos terceras partes de todos los matrimonios terminarían eventualmente en divorcio y que la mayoría de los niños pasarían, por lo menos parte de su niñez, en una familia de un solo padre. [1]  [2]

En México el número de divorcios ha tenido un aumento considerable. En 1985, de un total de 589,146 matrimonios, 34,114 terminaron en divorcio, lo que da un porcentaje de 5.9 divorcios por cada 100 matrimonios; en 1992, de 667,598 matrimonios, 51,993 terminaron en divorcio, lo que representa un porcentaje de 7.8 por ciento de divorcios; para 1995, de acuerdo con los datos del conteo de población del INEGI, de 658,114 matrimonios 37,455 terminaron en divorcio, lo que representa un porcentaje de 5.7 por ciento de divorcios. Lo anterior nos hace suponer que de igual forma se ha acrecentado el número de los llamados “hijos del divorcio”.

Más adelante, debido a las necesidades económicas y a que se acepta y se ha reglamentado civilmente el divorcio, muchos padres prefieren abandonar la casa y logran de esa manera desentenderse económica y en muchos casos emocionalmente de la familia. Esto provoca que las madres no puedan continuar más con su rol de ama de casa hasta entonces reservado y tienen que salir al campo laboral para poder atender las necesidades de los hijos. De esta forma los hijos que por muchos años eran considerados “hijos de madre soltera” pasan a convertirse en una especie de huérfanos: el padre no está y la madre durante buena parte del día también está ausente.

Ante estas modificaciones en lo social se ve más claramente la coexistencia de diferentes tipos de familias:  a) madres solas con sus hijos, b) padres solos con sus hijos, c)  hijos que pasan unos días, meses o años con cada uno de sus padres, d) padres o madres conformando una nueva familia en donde habitan “los tuyos”, “los míos” y “los nuestros”, e) padres separados pero nunca divorciados que siguen frecuentando la casa de los hijos como de visita, como huéspedes o con carácter de amante de la madre, f)  padres con una o más familias a la vez con el conocimiento de todas las partes involucradas, g) familias tipo matriarcado en donde vive la madre, las hijas y las hijas de las hijas, lugar donde los hombres no tienen cabida, y así podría continuar enumerando diferentes formas  de relaciones familiares.

Cada vez más las nuevas generaciones de jóvenes son criados por la nana o trabajadora doméstica, abuela, tíos, algún vecino o solos, acompañados por la televisión, los video juegos, la computadora o la calle.  Incluso aparece el término de “madres por teléfono”.

Todas estas transformaciones en las estructuras provocan modificaciones también en la calidad de los vínculos interpersonales e intrapersonales, ya que no nos es fácil asimilar los cambios a la misma velocidad que éstos aparecen y se crea así descontrol y caos en nuestras relaciones y en nuestra vida cotidiana. Todo esto además acrecienta en los jóvenes los riesgos que esta nueva forma de crianza trae consigo, tales como drogadicción, alcoholismo, vandalismo, delincuencia, depresión y suicidio.

A pesar de todo esto habrá jóvenes que logren un adecuado desarrollo y sufran solamente las vicisitudes y acomodos naturales que conlleva el crecimiento y que los conduce a la progresión; a este   proceso se le conoce clínicamente con el nombre de “patología de la adolescencia”. También puede ocurrir que algunos no soporten los cambios tan acelerados y se provoque un estancamiento en su desarrollo que no sólo los detenga, sino que obstruya total y definitivamente el mismo dando como resultado lo que en este caso conocemos con el nombre de “adolescencia patológica”, de la cual pueden o no salir bien librados los y las adolescentes.

Proceso adolescente

Por otra parte, así como la familia ha sufrido transformaciones, la forma de relacionarse de los adolescentes también lo ha hecho. En su incipiente lucha por separarse y lograr obtener su propia identidad los jóvenes se reunían en grupos de pares, con cuyos miembros se identificaban y a los cuales recurrían como un apoyo y en busca de ideales compartidos, o por el respeto que le tenían al líder del mismo y en busca de un lugar que los protegiera de los peligros que pudieran encontrar en el mundo fuera de su núcleo familiar. En esta época se reúnen con quien sostenga su misma concepción del mundo y, específicamente en nuestro país, con ideologías y concepciones adoptadas de otras culturas como los punks, los taggers o grafiteros (etiqueta o firma), los darks (que buscan la oscuridad para estar en ella), los góticos (que buscan la oscuridad para trascenderse a sí mismos), los ravers (delirio o entusiasmo), entre otros. Estos grupos por lo general tienen en común el uso de sustancias tóxicas, lo que les da un carácter especial y la sensación de un grupo de pertenencia.  En realidad, es poco lo que interactúan entre ellos y repiten así el patrón que aprendieron de sus respectivas familias: la ausencia física o emocional de los miembros, la falta de comunicación, el aislamiento, la soledad y el abandono.

Proceso de separación-individuación

Considerable número de estudiosos del desarrollo humano nos han prevenido acerca de la diferencia entre el nacimiento fisiológico y psicológico del ser humano, entendiendo el primero como un hecho perfectamente observable y bien delimitado y el segundo como un proceso intrapsíquico que aparece con el trauma del nacimiento y que deviene en sujeto a partir de la diferenciación.

La teoría de separación-individuación hace énfasis en los tres primeros años de existencia y su repercusión en el curso de toda la vida.  ¿A qué me refiero cuando hablo del proceso de separación-individuación?  El bebé desde que nace mantiene una relación muy estrecha con la madre, a tal grado que parece no haber otro mundo que el que los relaciona y los envuelve a los dos –madre-hijo-.  La madre conoce y reconoce hasta el menor detalle acerca de su hijo, distingue un sonido en el llanto del bebé de otro, sabe qué indica cada tono de llanto (si llora porque tiene frío, hambre, sueño, está húmedo o solamente necesita los brazos de ella).  El bebé de alguna manera también sabe que existe alguien que le soluciona cualquier sensación displacentera.  Son como una especie de mosqueteros: los dos para uno, uno para los dos.

A este proceso del desarrollo lo conocemos como simbiosis y decimos que cuando se ha llevado a cabo, adecuadamente les es mucho más fácil a la madre y al bebé iniciar el proceso de desprendimiento. De ahí en adelante el desarrollo sigue otras fases:  el niño poco a poco comienza a probar estar solo por breves momentos procurando de cuando en cuando mirar o tocar a la madre; algunas veces solamente le parecerá necesario emitir un sonido o cualquier calificativo con el que nombra a la madre para sentirse bien, saber que no la ha perdido y que ella lo sigue queriendo.  Esto le da seguridad y le permite probar por momentos más prolongados el estar solo. La madre generalmente reconoce y apoya esta necesidad, la cual también le es favorable pues le permite dedicarse a otras labores del hogar, al cuidado de los otros hijos, a la relación con su pareja o el regreso a sus actividades personales o profesionales. Esta actitud le permite al niño conocer el mundo que lo rodea de una manera más amplia y minuciosa, dado que ya cuenta con el desarrollo de la psicomotricidad que le da libertad para moverse de un lado a otro de su espacio:  la casa.

Blos (1979) plantea que en la adolescencia se da un segundo proceso de individuación.  Una de las características de este proceso consiste en el desplazamiento progresivo de las figuras parentales infantiles o sus sustitutos. Es un momento crucial, significativo, con una estructuración diferente a la del niño.

El adolescente presenta entonces diversas conductas: ya no les cuenta a sus padres todo lo que le sucede en la escuela o con los amigos, puede permanecer por horas recostado en su cama sin hablar con nadie, parece siempre triste y aburrido y sólo se siente cómodo si está hablando por teléfono durante horas con sus amigos o cuando está fuera de casa con ellos o con la novia.  Es común en esta época escuchar a las madres quejarse de que ya sus hijos no hablan con ellas, no les cuentan lo que les pasa, no sueltan el teléfono o ya casi no los ven en la casa y mucho menos quieren salir en familia a realizar actividades conjuntas.

Así como decíamos que el bebé y la madre poco a poco se van separando hasta que el niño puede darse el lujo de conocer su mundo por él mismo, así comienza el adolescente su separación y con ello su ingreso al mundo exterior.  La individuación adolescente abre el camino a las relaciones objetales adultas. A este proceso Blos lo describe como “una regresión al servicio del yo”, si el proceso de individuación llega a buen término. Cuando este resultado no se da el adolescente se queda detenido en su desarrollo.

En un desarrollo normal es en la adolescencia justamente cuando se presenta este segundo proceso de individuación, en el que suceden, entre otros, dos fenómenos que consideraré para esta presentación.  Por un lado, los impulsos libidinales en este momento de desarrollo se encuentran acrecentados, con el agregado de que el adolescente ya completó su desarrollo anatomofisiológico para la función reproductiva; en otras palabras, ya está listo para ejercer su sexualidad.  Por otro lado, aparece con más fuerza la reedición del conflicto edípico.   El varón compite fuertemente con el padre y desea con la misma intensidad a la madre; la mujer rivaliza con la madre y admira y desea el acercamiento con el padre.

Laufer (1995) describe tres factores relevantes para lograr el paso a la adolescencia:

  1. Relación con los padres. Los cambios que ésta debe sufrir para que le permitan al adolescente hacerse más independiente emocionalmente de ellos.
  2. Relación con los compañeros, que implica la capacidad de encontrar y escoger amigos que promuevan el desarrollo hacia la adultez.
  3. La visión que el adolescente tiene de sí mismo como una persona suficientemente madura, es decir, pasar de una imagen de niño a una imagen de persona con su propio criterio.

Relaciones amorosas

Ante la ansiedad que estos fenómenos les representan, y por encontrarse reeditando la simbiosis infantil, los adolescentes buscan salidas. Una de ellas (los clínicos que trabajamos con adolescentes podemos observar cada vez con mayor frecuencia), se refiere a la relación que establecen con una chica o chico.  Esto no sería nada extraño y nos parecería normal si no nos detenemos a observar qué tipo de relación es justamente la que estos adolescentes entablan.

Para ahondar en esto me referiré a lo que observo con frecuencia en la clínica. Se trata del hecho de que los adolescentes inician relaciones de pareja cada vez a una edad más temprana (entre los trece y los quince años) y son relaciones que permanecen como mínimo tres años y formalmente pueden durar seis, nueve o más años.

Yo describo este tipo de relaciones como “parejas sustitutas de relaciones parentales”, ya que el chico en esa relación funciona como sustituto del padre y madre de la chica. En la mayoría de los casos ambos estudian en la misma escuela, por lo que muchas veces los encuentros se dan desde  temprano, ya que el joven  pasa a recoger a su novia para llegar juntos a la escuela y la lleva de regreso a su casa si no tienen alguna otra actividad en común; si los padres no están por lo general comen juntos, la lleva a sus actividades por la tarde (clases de idiomas, computación, búsqueda de materiales escolares), además de otras funciones de apoyo, protección, cuidado y seguridad que le brinda.  Por su parte ella cumple también con las mismas funciones parentales, lo cuida, lo procura en sus necesidades básicas de alimentación, aliño y le dice qué ropa comprar o de ser posible ella le compra la ropa de acuerdo con cómo desea que se vista.

Si como dice Winnicott (1971) el objeto transicional es una defensa contra la ansiedad que provoca la percepción naciente del yo no-yo; en el adolescente, esta “pareja-objeto” sería similar a como funciona el objeto transicional ante la ansiedad de separación del adolescente con sus padres, de tal manera que este vínculo con la pareja se puede convertir en “una zona intermedia de experiencia a la cual contribuyen la realidad interior y la vida exterior”. También en éste, como en todo proceso, existen dos salidas: una hacia la progresión y otra hacia la detención, una hacia la salud y otra hacia la enfermedad. 

En el adolescente este proceso comienza con un desplazamiento de los impulsos y los afectos que estaban dirigidos hacia las figuras parentales y que ahora son depositados en la figura de la pareja amorosa. No habrá riesgo si verdaderamente estos chicos tienen la madurez necesaria para experimentar este tipo de relaciones como un objeto transicional que les permita alcanzar más adelante la diferenciación, ya que el rompimiento de este vínculo, es decir, la terminación del noviazgo por doloroso y difícil que sea de elaborar el duelo, les va a permitir avanzar de una manera positiva hacia la individuación, lo cual implica ser cada vez más responsable por lo que se es y por lo que se hace. 

Un ejemplo de lo anterior nos lo ofrece Marina, una adolescente de 15 años de edad en una carta que le dirige a su amiga:

“Hola nena, supongo que sabes quién soy, te escribo porque hay tantas cosas que me gustaría decirte pero sé que hablando comenzaría a decir  mongoladas (extraño en mí) y las palabras no saldrían como me gustaría: No sé bien qué me está pasando, pequeña, últimamente he pensado un chingo en ti y en Mari y no sé… analizando todo, a ustedes las he probado en todas las maneras y siempre han estado ahí esperándome, apoyándome y queriéndome, sé que si en este momento te hablo llorando me vas a escuchar, sé que aunque las haya hecho a un lado por Juan me pueden perdonar y me he dado cuenta de lo afortunada que soy (una vez más) por tenerlas.  Estoy triste, sí lo estoy, pero más aún sacada de onda y decepcionada, ¿de Juan? ¿De mí? ¿De todo? No lo sé tal vez he descubierto otra de las tantas sorpresas que nos tiene guardadas la vida, y el mundo… tú compartiste este sentimiento conmigo, y eres quien mejor me conoce, es por eso que sé que tú más que nadie lo va a entender, cuando no tenía novio, pensaba que un novio era la 8tava maravilla, que llegaría a resolverme la vida, a arreglar mis problemas, destruir mis temores y disolver mis complejos, que yo sería su princesa y él sería mi príncipe, que después de andar con él yo sería una nueva persona irreconocible, que él me iba a cambiar…

¡Qué equivocada estaba! Es cierto que he cambiado, que soy feliz con él y soy más segura de mí misma, pero a raíz del problema de Mabel me he sentido abatida, triste, sin ganas, desesperanzada, y obviamente se lo atribuí a Juan, como lo he hecho durante 5 meses y luego caí en la cuenta que lo que realmente me ofuscaba y me entristecía era tal vez algo más profundo, me sentí desplazada, superada, sentí que yo no era lo único en la vida de Juan, y ni siquiera lo único sino lo más importante tampoco, y ahora ya no importa si se arreglan las cosas entre Juan y yo, ese es problema nuestro, pero tal vez de esto aprendí algo más importante que eso…

Nena, no puedo poner mi felicidad en las manos de los demás, no puedo sentirme bella solo cuando Juan me diga que lo soy, no puedo arreglarme sólo cuando salgo con Juan o cuando ande con él, ¿porque sabes qué es lo que pasa? Que cuando ese pilar en el que pusiste tu persona se cae, te caes con él, y no importa en cuantos pilares más lo vayas poniendo, se pueden caer y no creo que sea lo más inteligente ni sano estar a la expectativa de lo que suceda con esos pilares, tal vez sería más sensato si pusiéramos nuestra felicidad en nosotros mismos, así no importa lo que pase alrededor, ni cuántos pilares se caigan tú sigues en pie… Yo sé que no nos podemos aislar del mundo y que no nos puede dejar de doler lo que haga o deje de hacer la gente a nuestro alrededor y menos la gente a la que queremos y le hemos depositado nuestra confianza, pero yo sólo sé que ya no va a depender mi felicidad de lo que haga Juan ni el que venga después de él, porque tal vez sea una carga tanto para él como para mí, porque yo estoy atenta a cada comentario que haga a cada acción, mueca o movimiento que realice y por él puedo estar inmensamente feliz, pero por él también puedo ser inmensamente desdichada, y eso ya no va a ser, ya no va a tener a su pendeja que lo espere 2 horas si llega tarde, que salga corriendo al teléfono cuando habla, que bote todo para estar con él y que viva en función de lo que él haga.

                            15 años viviendo de un sueño… 

                                       Y en 5 meses descubrir la verdad.

El problema aparece cuando este tipo de pareja no puede ser vivido como un objeto transicional, es decir, el adolescente no puede romper con esa relación y permanece patológicamente adherido a ella. Así, para ambos o para uno de ellos esta relación es como un “chicle” que por años no pueden despegar, es decir, no la pueden trascender y la relación se podría expresar así: “ni contigo, ni sin ti”. También puede suceder que se provoque un rompimiento imposible de elaborar que evoluciona hacia una melancolía o inclusive al suicidio. Si esto sucede significa que esta pareja no pudo llegar a funcionar a la manera de objeto transicional; este adolescente no se puede relacionar con objetos totales, funciona con relaciones de objeto parciales y su pareja pasa a convertirse en un fetiche. 

En ambos casos estamos hablando, como lo decíamos al inicio de este trabajo, de la ansiedad que le provoca al adolescente la separación de sus padres.  En casos patológicos la pérdida de la pareja nos habla de un duelo anterior no resuelto: la pérdida de otra pareja, los padres.

Alain Braconnier (1991) plantea que en ciertos sujetos existe una depresión subyacente a lo largo de toda su vida.  El ser humano constantemente está sufriendo pérdidas y eso lo lleva a constantes duelos, muchos sin resolver porque no pasamos una crisis cuando ya estamos mirando lo que sigue y tenemos que estar en ello, así que vamos de una depresión a otra, de duelo en duelo y en el peor de los casos podemos entrar en la melancolía.

Debemos tomar en cuenta que el duelo normalmente pasa por las siguientes fases de elaboración:

  1. Fase de aturdimiento. Se refiere a un embotamiento de la sensibilidad.
  2. Fase de la negación.  Se refiere a no creer lo que se está viviendo.
  3. Fase de anhelo y búsqueda del objeto perdido. Aparece una profunda ansiedad, insomnio, pensamientos obsesivos que tienen relación con la otra persona (la que se pierde) y su búsqueda a través de la acentuación y alerta de los sentidos (olores, ruidos, etc.).
  4. Etapa del enojo y la ira. Consiste en la búsqueda de responsables.
  5. Etapa del pacto o regateo. Sobre todo, en el caso de ruptura de relaciones, se intenta hacer cualquier cosa para recuperar a la persona perdida.
  6. Etapa de la desorganización, la tristeza y la desesperanza.
  7. Etapa de la aceptación.

De los diferentes duelos por los que transita el adolescente la pérdida de los padres de la infancia y la pérdida del amor de los padres de la infancia son los más difíciles de superar, de ahí que la ruptura de la primera relación amorosa, cuando ésta ha funcionado como lo describo anteriormente, reviva el dolor y las sensaciones negadas por la pérdida de los primeros objetos de amor: los padres. Puedo pensar que dicho duelo se queda habitualmente detenido en la fase del anhelo y búsqueda del objeto perdido y se reedita en la ruptura amorosa.  Encontramos en los jóvenes la dificultad para dar por terminada esa relación, a pesar de que no les provoca satisfacción alguna continuarla, o algunos otros que deciden de manera conjunta hacer un alto en su relación porque “quieren conocer más chicos (as), estar más tiempo con sus amigas (os) a los que han dejado por su relación de noviazgo”, etc. Otros más dicen: “sé que solamente estoy obsesionado (da) con mi pareja, pero en realidad no puedo separarme”, pero los temores más recurrentes se refieren a quedarse solos, no encontrar otra pareja, no volverse a sentir amados, importantes, seguros.  Rompen y regresan, rompen y regresan; intentan nuevas relaciones sin conseguir ligarse adecuadamente a ninguna. 

Ejemplo de esto podría ser el caso de una chica que inició la relación con su novio cuando tenía alrededor de 14 años de edad y en el momento de la ruptura contaba ya con 22 años, por lo que estamos hablando de una relación de 8 años de duración.  Ante el rompimiento y la idea de que nunca más estaría con su novio presentó ansiedad, insomnio, llanto incontenible, regresó a dormir a la cama de los padres, tenía temor a ser atacada en la calle; expresaba que le faltaba algo y llegó a sentir una especie de despersonalización, le faltaba una parte de ella.    Como vemos, en este caso, se trata de una etapa regresiva a la fase de la simbiosis.

Relación con los padres

Ahora bien, en este proceso también colaboran los padres, ya sea para facilitar el desprendimiento o para detenerlo.  En muchos casos, consciente o inconscientemente, las madres delegan en las parejas su propia función simbiotizante.  Muchos de los padres convierten a las parejas de sus hijos en “nanas” de ellos; se puede apreciar esto a través de expresiones como “sólo puedes salir si te acompaña tu novio”, recuerdo a un amigo que me platicaba que su madre se afligía y le ponía un horario estricto en sus salidas cuando se trataba de ir con los amigos, pero si la salida era con la novia tenía la opción incluso, de no llegar a dormir a su casa. De tal manera que esto se convierte en otra cadena que les impide separarse o romper definitivamente con relaciones poco gratificantes y mucho menos maduras.

Coincido con Braconnier (1991) cuando plantea que el proceso de la adolescencia necesita un trabajo de duelo, es decir, un trabajo que lleve al sujeto a desinvestir una imagen interior. Explica que él entiende el trabajo del adolescente como un trabajo de transformación de un objeto primario de amor en un objeto sexual de amor, ante lo cual puede sentir miedo, lo que lo podría inducir a renunciar a este proceso de transformación. Este miedo lo puede llevar por diferentes caminos:

  • Buscar una pareja y relacionarse de una manera infantil, lo que no quiere decir que no practique su sexualidad, sin embargo, dado que no permite el crecimiento, sino que favorece el estancamiento, presenta generalmente rasgos infantiles.
  • Transformar el amor de sus padres en odio y oposicionismo que de igual forma les impida el crecimiento y la separación y por el contrario los mantenga unidos a partir del odio. 
  • Tomar por algún tiempo actitudes de duda en cuanto a las decisiones necesarias a tomar en la vida. 
  • Optar por las somatizaciones, es decir, colocar en el cuerpo las ansiedades de separación que no son posibles de resolver. 
  • Erotizar indiscriminadamente las relaciones en general. 
  • Cambio de una dependencia por otra: drogas, alcohol, comida, sexo. 
  • Embarazos no deseados. 

Como he mencionado con anterioridad, estas crisis depresivas y salidas equivocadas encuentran su origen en la angustia de la separación. Este proceso de transformación que implica la separación es vivido por muchos adolescentes como insuperable. Viven como algo sumamente difícil de lograr el desligue de los objetos primarios de amor, por lo cual nos encontramos con muchos juegos de relación homosexual entre las y los adolescentes (entre los 15 y los 18 años de edad) como una manifestación de la dificultad de separarse o  como  un paso que les permite  más adelante poder desprenderse y alcanzar su individualidad, logrando acceder a experiencias sexuales totales.

El adolescente, por su edad y su proceso psicológico, tiene que desinvestir el objeto amoroso original e investir a un nuevo objeto sexual, pero tiene mucho miedo de no ser aceptado por este último; el tan conocido “bateo” que sufren los adolescentes ante la necesidad de investir nuevos objetos es una prueba bastante difícil a la que se tienen que someter en este proceso.

¿Cuántas formas diferentes usa el adolescente para lograr la separación? En realidad, están deseosos de lograrla y necesitan mucha ayuda de los padres.  Es justamente en la adolescencia de los hijos cuando muchos padres pueden por fin estar con ellos y son ellos, los adolescentes, quienes no quieren en ese momento estar con los padres. Para éstos es difícil permitirles la separación debido a la culpa que sienten por el abandono anterior y los deseos de restitución.

En muchas ocasiones la terapia sirve como un puente que ayuda al adolescente y a los padres a pasar de una situación a otra, de una forma de comportarse y de ser tratado a otra. La identidad no es algo estático, es algo que se va redefiniendo; así a los adolescentes cuando niños les funcionó comportarse como el obediente, la tímida, la callada, el peleonero, la agresiva, etc., pero ahora, esos roles ya cumplieron su función, los jóvenes prueban otras formas de relación y se dan a la tarea de definir e integrar los nuevos roles, para lo cual necesitan la validación social y familiar.

Para ingresar al nuevo mundo los jóvenes requieren de ciertos rituales que les indiquen el paso de la infancia a la adolescencia, mismos que han existido durante siglos y en diferentes culturas que las sociedades  ofrecían a los adolescentes y eran compartidos y acompañados por miembros importantes de la sociedad y la familia;  y que ahora los jóvenes inventan y  llevan a cabo entre ellos,  como: la primera borrachera, el probar algún tipo de droga, el uso de perforaciones en su cuerpo,  la primera relación sexual, lanzarse desde grandes alturas atados con una cuerda, realizar cualquier tipo de acrobacia que demuestren su valentía y arrojo, manejar a altas velocidades, u otras formas tal vez de mayor riesgo.

¿Cómo se ayuda a los padres en este proceso de separación individuación? No hay muchas formas.  No hay, o cuando menos no son muy conocidos los rituales que a ellos les pueden ser útiles.  Quienes trabajamos con adolescentes implementamos algunas técnicas o creamos cierto tipo de rituales que pueden ayudarlos a conocer y reconocer lo que han hecho por sus hijos, técnicas que les permiten apreciar el crecimiento de los jóvenes y que  les ayudan a colocarlos y colocarse en lugares distintos para poder relacionarse con ellos no como los niños que hace tiempo fueron, sino como los jóvenes que ahora quieren ser, con su propia identidad, de la cual ellos, los padres, también forman parte.

BIBLIOGRAFÍA

1. Blos, Peter (1979) La transición adolescente. Buenos Aires. ASSAPIA Amorrortu editores. 1981

2. Braconnier, A. (1991) “La depresión en la adolescencia un avatar de la transformación del objeto de amor” Psicoanálisis con niños y adolescentes. México. Paidós. 1 (1) 179-189.

3. Heaton, Tim B. (1991) “Determinantes relacionados con el tiempo de la disolución marital”, Trad. Lic. María de los Angeles Flores S., en Journal of Marriage and the Family, Universidad Brigham Young, 53. (2) 285-295

4. Laufer Moses (1995) El adolescente suicida. Madrid Psicoanálisis. Biblioteca nueva.        1999

5. Winnicott. D.W.  (1971) Realidad y Juego. Buenos Aires. Gedisa. 1985


* Psicóloga Social (UAM-X). Analista de Grupos (AMPAG). Psicoterapeuta Psicoanalítica de la Adolescencia (IMPPA). Coordinadora del Taller de Actualización de Estudios sobre Adolescencia (AMPAG).
E-mail: marumelgoza@hotmail.com

[1] Heaton, T.B. (1991) cita a Martin y Bumpass, 1989. Pag. 92.

[2] Op. cit. Cita a Bumpass, 1984. Pag. 92.

Texto sacado del libro:
Melgoza, M. (coord.), Aguilar. G., Estrada, M., Gallardo, Guzmán, C., M., Juárez, M., Márquez, E., Piña, B. y Ramos, A. (2002). “Adolescencia: un reflejo de la sociedad actual”. Editorial Grupo Editorial Lumen, México, D.F.