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En lo que concierne a las personas, la contemporaneidad conlleva la posibilidad de precipitar toda una serie de problemáticas que en general son reconocidas como elementos de la Postmodernidad, como lo líquido de la sociedad actual de la que Bauman (2018) habla al hacer referencia a la sociedad contemporánea que no conserva una forma, y no puede fijarse en un espacio ni atarse al tiempo. También podríamos incluir lo blanco de Bolívar Echeverría (2016), como la tendencia a la homogeneización del hombre blanco que evita el encuentro afectivo con la otredad individual y cultural, así como La era del vacío de Lipovetsky (2014), en donde afirma que Narciso ha desplazado a Edipo, en una sociedad saturada de contenidos con nada. En los últimos años no ha sido extraño toparnos en la clínica psicoanalítica con fenómenos como se describen anteriormente, pero representados en los pacientes. Uno de los fenómenos que ha llamado mi atención es el tipo de familias de las que provienen y el posicionamiento del abuelo paterno en el lugar de un padre mítico que funda toda la configuración psíquica de sus miembros y que la va trasmitiendo hasta la tercera generación, un asunto que se ha negado pues pone en duda la integridad del narcisismo familiar.

Autores como Matus (1991) asumen la existencia de estructuras familiares concorde a las estructuras de personalidad: hay familias neuróticas, psicóticas y narcisistas, estas últimas con dos vertientes, las que se identifican con el yo-ideal y las que actúan de acuerdo con el ideal del yo. Actualmente pensamos que también existe una familia narcisista, pero con la característica de que el elemento que las constituye es un aspecto negado que deja ver en consecuencia una tendencia omnipotente, la consideraremos una familia negativa, pues su elemento identificatorio es algo que se asume que no está. El padre primordial de esta familia, el abuelo paterno, proviene de una sociedad que saliendo de la época de posguerras no da cabida al dolor sólo al triunfo, elemento que toman a pecho logrando construir una riqueza familiar que hasta la fecha perdura, pero al costo de negar un elemento doloroso, igual que la cultura misma que niega al entrar a la postmodernidad el dolor de la guerra; pues está muy ocupada celebrando el triunfo capitalista que terminará por concretarse al final de la guerra fría (Bartra, 2017). Un ejemplo observado en la clínica sobre este fenómeno lo podemos encontrar en aquellos abuelos, que fundaron un negocio familiar tan exitoso que da hogar y trabajos a sus hijos e incluso a sus nietos, solía coincidir en la historia de estos abuelos un origen heroico pero trágico, fueron huérfanos o venían de un núcleo familiar violento, llegaban de provincia o de otro país a la ciudad de México para construir junto con su pareja una, fábrica, un empresa de inmuebles o una prestigiosa carrera como investigador y profesor de alguna de las universidades más importantes del país.

El dolor, el trauma queda relegado al inconsciente, que como todo elemento en el inconsciente seguirá trabajando sobre el psiquismo reclamando su autenticación y representatividad en la vida anímica. Como padre, este abuelo negará su propia castración y fracasará en su propia función paterna (Lacan, 1956-1957), la distancia que pone entre ellos y sus hijos no facilitará la expresión de la agresión de ellos hacia él para salvaguardar las funciones de la madre (Winnicott, 1935) y la agresión devendrá hacia el propio Yo en sentimientos de culpa, pero estamos en el entendido de que estas familias existen y perduran ante la negación de la debilidad y el sufrimiento por lo que entonces vemos en esta segunda generación una renegación, que como no puede quedar sólo como la primer negación en el inconsciente, pues desde un inicio ya se encontraba así se actuará la manía como manifestación de rechazo hacia ese dolor, esto es, la debilidad que amenaza a la familia.  En el ejemplo de los abuelos anteriormente citado, sus hijos, en este caso los varones principalmente tenían diagnóstico de Bipolaridad, o sufrían de adicciones al alcohol o anfetaminas, y llegaban a actuar impulsivamente tanto en decisiones de vida personal como en el negocio familiar y en su propio papel como padres. Un paralelismo de esta experiencia, pero dentro de la cultura sería que la modernidad niega el dolor, la postmodernidad la reniega en su intento de negar todos los valores de la modernidad y a la hipermodernidad sólo le queda experimentarla en carne viva. La familia paterna en estos casos se manifiesta posiblemente como único nicho de salvación, no se admite la exogamia, los vínculos sólo pueden ser hacia al interior; por ello en estas familias no es raro encontramos el incesto y fracasos recurrentes en la formación de nuevas familias, se dan divorcios que obligan a retornar al nido originario. Los pacientes en los que se observaba este fenómeno venían de padres separados y en los que el abuelo tuvo que hacerse cargo económicamente.

Pero, ¿por qué obedecer estas consignas externas? La explicación con la que nos topamos es porque se han interiorizado, forman parte del superyó y del ideal del yo, es decir, el abuelo podrá presentarse como un yo-ideal, pero en sus hijos ya no, pues la manía es la respuesta a este fracaso; al no poder posicionarse en el lugar del padre, actúan como si lo estuvieran. El padre, en su fallo por transmitir la castración y el deseo, causa en estos hijos la necesidad de encontrar un otro del padre con quien identificarse e instaurar el funcionamiento de sus estructuras psíquicas; lo harán con el aspecto negado, pero como se explicó anteriormente se renegará pues entra en contradicción con la consigna paterna y el código de la familia. Considero que el abuelo, quien es un padre primordial porque se posiciona como el fundador de estas familias, necesitaba negar aquello que le dolía para sobrevivir, reponerse y mantener el equilibrio que dependía de él; la madre (la abuela) se vuelve cómplice de ello, actúa de acuerdo a este padre y transmite a sus hijos la necesidad de imitarlo (pero al interior sabiendo que tendrán que fracasar en ello). En la actualidad la modernidad es el abuelo primordial que se busca imitar, o realzar al menos en el aspecto de lo ideal; como explica Lipovetsky (2014), el pasado se celebra, es una fiesta, pero ya no se busca vivir bajo sus mismas consignas.

Aquí se presenta la posibilidad de una deuda afectiva inconsciente en la herencia, el abuelo niega para sobrevivir, pero con el anhelo de que alguien restaurará aquello que fue dañado más adelante; los hijos interpretan esta restauración como la necesidad de mantener la ignorancia hacia el fracaso. No puede sanar el dolor, no puede representarlo, pensarlo o soñarlo, pues desde la madre no vienen las herramientas para elaborar estos aspectos inconscientes y del padre no surge la ley del deseo, sólo la del deber. Más que un padre que castre, el abuelo se ha posicionado como el padre que ha de salvaguardar a sus hijos del desvalimiento ante la realidad (Freud, 1927); se da un elemento paradójico ya que el padre hereda un dolor a elaborar; si los hijos reconocen este dolor, se enfrentarían al desvalimiento y la soledad, esto no sólo los amenazaría a ellos sino también a la estructura familiar. Vivimos en una cultura en la que el malestar no está ya del todo en el reclamo por la represión de los impulsos sino en un reclamo por el fracaso de la sociedad en amparar la desesperación de la soledad humana. Las adicciones y la impulsividad en la segunda generación, de las familias que se observaron, son intentos de actuar la omnipotencia, pero desde la negación del dolor heredado, incluso los pacientes que provienen de estas familias expresaban cómo sus padres nunca concretaban sus proyectos, tenían carreras truncas y todo un historial de negocios fracasados.

Al convertirse en padres, los miembros de la segunda generación fallarán de nuevo ya que ellos mismos carecieron de una función paterna, y transmitirán de nuevo el dolor negado a sus hijos; a los miembros de la tercera generación les correspondería redimir el trauma originario. Es interesante observar cómo el padre (la segunda generación) abandona a sus hijos en los primeros años de vida so pretexto de una mala relación (destinada a ser mala), se divorcian y se alejan, delegando su tarea a sus propios padres, al menos la tarea económica ya que estos abuelos no fueron capaces de ejercer una función paterna sobre sus propios hijos, de lo contrario no estaría buscándolos para que se responsabilizaran por sus nietos. Otro elemento importante por destacar es el entrecruzamiento de la relación de pareja (Gomel, 1991): la madre suele ser depresiva, quien se encomendaba a un padre superior, a Dios, a su propio padre, el estado, etc. El dinero toma fundamental importancia en la relación entre las generaciones, pues es el representante de la potencia y la fuerza del abuelo, así como el poder de las esferas más altas de gobierno, ya que no se presenta esta fuerza en la ley sino en la adquisición y la generación de ganancias. Los nietos (la tercera generación) no se forman en función del cumplimiento del deseo sino en qué tan intensamente experimentan la vida o que tan exitosos son en sus estudios o el trabajo; lo paradójico se presenta en que en ninguna de ellas pueden hacerse presentes, ni logran el éxito ni disfrutan su existencia. Los pacientes que venían a consulta con este tipo de padre y abuelos se quejaban de no poder disfrutar ni sus estudios ni sus relaciones, uno de ellos abandonaba los semestres a la mitad porque no se sentía motivado, otra buscaba trabajos que implicaban riesgos extremos como prostitución y consumo de drogas, pero no se sentía satisfecha con ninguna de sus ocupaciones.

Parece que la madre tiene que hacerse a un lado, mostrarse ineficaz y ausentarse afectivamente para que en sus hijos se transmita el dolor negado, pero que ya no puede ser renegado por tercera vez, cuando estos pacientes llegan a análisis buscan un grito, como lo maneja Lacan (1962-1963/2006), para que el encuentro de un otro, no la madre depresiva ni el padre maníaco, sino un otro que pueda ayudarle a elaborar y significar el dolor que, como una deuda maldita, se le ha heredado. La búsqueda de un análisis además de los aspectos externos en estos casos tiene que ver con una falta de sentido de vida y relaciones afectivas tormentosas, pareciera como la necesidad de un espejo distinto al espejo familiar en el que pudiera verse más allá de lo que la familia les había depositado, así como un intento de acceder a la historia (Faimberg, 2006). Como ya habíamos mencionado con el abuelo, la historia para este tipo de familia se detuvo, sólo lo que los esposos construyeron existe, los hijos y los nietos se ven imposibilitados a recomenzar el flujo del tiempo para ser partícipes de su propia historia. En ciertas ocasiones estos pacientes comentaban que sentían que todo siempre era igual, nada tenía propósito, las ideas de morir o suicidarse aparecían de forma recurrente pues no encontraban un propósito que le diera sentido a su propia historia.

Volviendo a la madre, ausente y depresiva, parece que la búsqueda de la causa de este alejamiento se mostró infructuosa al mirar las catexias de la madre, nada se encontraba ahí para darle una explicación a su ausencia, en cambio en el padre se encuentra un objeto olvidado, renegado, que servirá para sentirse parte de la familia e instaurar su propia novela familiar, la apropiación del objeto transgeneracional, -pero no el de madre como señala Faimberg (2006) sino del padre-, por el anhelo de tener una familia que brinda cuidados y afecto, como consuelo ante una sociedad que es fría y demandante sin brindar refugio para la significación. Una idea final que surge de la reflexión sobre este tipo de familias es, si existe la posibilidad de explicar lo que definen los sociólogos como hipermodernidad o postmodernidad, desde la transmisión generacional de un trauma psíquico como lo vemos en los pacientes antes mencionados o si son las características de cada época lo que define las maneras en las que se irá presentando el malestar subjetivo en cada generación.


Bibliografía:

  • Bartra, R. (2017) La melancolía moderna. México: FCE.
  • Bauman, Z. y Leoncini, T. (2018) Generación Líquida: Trasformaciones en la era 3.0. México: Paidós.
  • Bolívar, E. (2016). Modernidad y blanquitud. México: Era.
  • Faimberg, H. (2006) El telescopaje de generaciones: A la escucha de los lazos narcisistas entre generaciones. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu.
  • Freud (2007) El porvenir de una ilusión (J.L. Etcheverry, Trad.). En Obras completas (Tomo XXI). Buenos Aires, Argentina: Amorrortu. (Obra original publicada en 1927)
  • Gomel, S. de (1991) Narcisismo, ideal e identificación en psicoanálisis de familia. En Berenstein, I. (comp.) Familia e inconsciente. Buenos Aires, Argentina: Paidós.
  • Lacan, J. (2015) Seminario 4: La relación de objeto. (Trad.) Buenos Aires, Argentina: Paidós. (Obra original publicada en 1956-1957)
  • Lacan, J. (2006) Seminario 10: La angustia. (Trad.) Buenos Aires, Argentina: Paidós. (Obra original publicada en 1962-1963)
  • Lipovetsky, G. y Charles, S. (2014) Los tiempos hipermodernos. Madrid, España Anagrama.
  • Matus,S. (1991) Tres registros del cuarto término de la estructura familiar inconsciente: intercambio – narcisismo – angustia.En Berenstein, I. (comp.) Familia e inconsciente. Buenos Aires, Argentina: Paidós.
  • Winnicott, D. (2012) Escritos de Pediatría y psicoanálisis. Barcelona, España: Paidós. (Obra original publicada en 1935)

Erick Gómez Cobos es Licenciado en psicología, con Maestría psicoterapia psicoanalítica y
Doctorado en psicoanálisis por parte de la Universidad Intercontinental. Docente de la UIC.  
Y da consulta privada a adultos y adolescentes, en psicoterapia psicoanalítica.