A propósito del Día internacional del chiste
30 junio, 2021
Paternidad(es), “una prioridad existencial”
28 julio, 2021

Jorge Sánchez Escárcega[1]

Nota introductoria (2006)

Publiqué este trabajo en el año de 2001, en buena medida como un intento personal de “acomodar” dos “saberes”: el de la práctica del análisis individual y el de la terapia de grupo. Un buen amigo, el Dr. Mario Campuzano, retomó, en un trabajo suyo relacionado con la regresión y las ansiedades en los grupos (2005), algunas ideas aquí presentadas, y al comentar la tabla que se presenta al final, hizo una pequeña corrección en uno de los renglones, específicamente en el referido a las características del grupo (y sus diferencias con el análisis individual) en cuanto al tiempo, es decir, la discriminación pasado/presente en la terapia. Acepto con gusto sus observaciones y las incorporo en esta versión actualizada del artículo. Añadí, para esta ocasión, una addenda al final del escrito adonde trasladé algunas notas de pie de página, básicamente anecdóticas, con la intención de darle un poco más de agilidad a la lectura. Por lo demás, sigo compartiendo prácticamente todas las ideas aquí vertidas.

Del psicoanálisis individual al dispositivo del grupo.

Habitualmente se considera que el primer intento de utilización del grupo con fines terapéuticos –el inicio de la psicoterapia grupal– fue el realizado por el médico internista Joseph. H. Pratt en julio de 1905 con su sistema de clases colectivas, en la sala de pacientes tuberculosos a su cargo en el Massachusetts General Hospital en Boston (Pratt, 1922; Rutan, 1993). Este método tenía la finalidad de acelerar la recuperación física de los enfermos mediante una serie de medidas sugestivas destinadas a que los pacientes cumplieran de la mejor forma posible su régimen dentro de un clima de cooperación, “o mejor dicho, de emulación” (Grinberg, Langer y Rodrigué, 1957). Las sesiones o “clases” (a las que concurrían más de 50 pacientes) comprendían una breve conferencia del terapeuta sobre la higiene o problemas del tratamiento de la tuberculosis, que era seguida de preguntas de los enfermos o una discusión con el médico. Lo importante es que en estas reuniones los pacientes más interesados en las actividades o que mejor cumplían con el régimen pasaban a ocupar las primeras filas del aula, estableciéndose un escalafón jerárquico bien definido, conocido y respetado por todos. El mérito de Pratt, en este sentido, consiste en la utilización sistemática y deliberada de las emociones colectivas con una finalidad terapéutica. Por un lado, activaba en forma controlada la aparición de sentimientos de rivalidad, emulación y solidaridad en el grupo; por el otro, el terapeuta asumía el papel de una figura paternal idealizada. El método incentivaba un fuerte enlace emocional del médico con el enfermo, un sistema de promociones que premiaba “al buen paciente” permitiéndole que se sentara en las reuniones cada vez más cerca del médico-líder-padre: es decir, una identificación, una transferencia (de la figura paterna idealizada); una estructura y funcionamiento grupales similares a los de algunos grupos religiosos.

A los métodos que han seguido esta orientación se les llama genéricamente terapias exhortativas parentales que actúan“por” el grupo. Actúan “por” el grupo porque incitan y se valen de las emociones colectivas sin intentar comprenderlas. Se busca la solidaridad del grupo con fines terapéuticos. También Buck y Chapel utilizaron este método como una forma auxiliar de los tratamientos médicos de pacientes con trastornos orgánicos crónicos (Grinberg, Langer y Rodrigué, 1957). Otro ejemplo es la institución Alcohólicos Anónimos, creada en Estados Unidos en 1935, y el conjunto de “Anónimos” que le han seguido. Hay una cierta diferencia: la focalización no es sobre un líder central, sino un refuerzo de la vinculación fraterna e igualitaria donde el liderazgo lo tiene un ex-adicto. En este caso lo transferencial va a apoyarse sobre esta red fraterno-familiar de la que normalmente el enfermo ha carecido en su medio macrosocial (Fernández, 1989; Cao y L’Hoste, 1995).

En resumen, en estas técnicas –todavía hoy utilizadas ampliamente–, la “psicoterapia” colectiva se basa en la dinámica y la actuación “por” las emociones del grupo. No se plantea la comprensión de la naturaleza ni la modificación de la estructura inconsciente que subyace a las mismas. Aun así, se encuentra aquí un efecto de grupo: seguramente transferencias reforzadas hacia el terapeuta, entre los integrantes, hacia la institución –cuando la hay– y hacia el grupo como tal; todo esto funcionando como “sostén yoico, soporte solidario, espacio restitutivo de la dignidad perdida y de la identidad trastocada” (Fernández, 1989, p. 87).

Este es el antecedente de los dispositivos terapéuticos en los que se manipulan emociones, en el sentido de ubicar sus fuerzas en posiciones y direcciones, pero que carecen de una interpretación analítica de las mismas.

En forma parecida, aunque sin fines terapéuticos, Kurt Lewin (1890-1947), en los años de la Segunda Guerra Mundial, intentó la primera representación científica de los fenómenos grupales cuando los interpretó como un juego de fuerzas físicas, donde la conducta de un grupo se reduciría a la resultante de las fuerzas internas y externas a las que el grupo se ve sometido. Lewin comprueba que una decisión de grupo, cuando el grupo se siente libre y solidario, puede ser más fuerte que las preferencias individuales que empujarían a los miembros a actuar en sentido inverso.

Dicho de otra forma: el estímulo es el sentimiento de pertenecia al grupo, la respuesta es la modificación de las hábitos individuales. Así, las amas de casa norteamericanas que estudia Lewin, y que sienten repugnancia por ciertas vísceras comestibles, al ser reunidas en pequeños grupos con voluntarias de la Cruz Roja y coordinadas por un líder masculino persuasivo ideal, toman la decisión colectiva de comprarlas. Pero, tal como señala Anzieu (1993), la cuestión de fondo queda obviada: ¿por qué el asco a esos bocados? ¿qué tienen de particular ese olor y esa consistencia? ¿en qué núcleo afectivo inciden?

“Se adivina la respuesta. El artículo de Lewin hace una alusión púdica que olvida inmediatamente: el riñón evoca el olor de la orina; las criadillas la consistencia de los testículos; el corazón, en fin, evoca la sangre que late, que corre, el miedo a las heridas, operaciones y mutilaciones; su consistencia elástica despierta recuerdos inconscientes del biberón y del pecho. De todos estos trozos inferiores se desprende una impresión vaga y difusa para el ama de casa, que el análisis psicológico descompondría en representaciones visuales y táctiles de los trozos de seno y de sexo, agarrados, cortados, succionados y devorados, sobre los que flota el olor acre, atrayente y prohibido de las secreciones urinarias y sexuales y la amenaza de un baño de sangre como castigo” (Anzieu, 1993, p. 41).

Ninguna de estas interpretaciones, por supuesto, fue pensada en aquella época. Son, entonces, las aportaciones de Klapman (1946), Schilder (1949) y Slavson (1953)[2] las que se consideran verdadermente como las primeras aplicaciones del psicoanálisis a los grupos (Grinberg, Langer y Rodrigué, 1957), junto con las de Alexander Wolf  a partir de 1937 (Wolf, 1949; Wolf y Shwartz, 1962). Más allá de algunas diferencias técnicas entre ellos, esta corriente introdujo la interpretación en la situación colectiva, aplicando al grupo el “setting” psicoanalítico. A través de determinados recursos crea las condiciones necesarias para descentrar la coordinación del liderazgo, para superar el procedimiento sugestivo propio de las terapias “por” el grupo. Sin embargo, ahora se presenta un problema: ¿a quién interpretar? En la terapia individual la pregunta no tiene importancia; pero cuando el terapeuta se enfrenta a varios individuos reunidos en torno de él, la cosa cambia: la solución a esta pregunta plantea la principal diferencia práctica –y también teórica– entre los diferentes procedimientos. Por ejemplo, Slavson y Klapman incluyeron, como parte del dispositivo, uno o varios artificios consistentes en tratar de unificar al grupo de varias maneras, de modo que la interpretación valiera para todos –o para la mayoría– de los participantes. Mencionaremos los siguientes artificios: a) homogeneizar al grupo (edad, sexo, nivel socioeconómico); b) estricta selección de los participantes (por ejemplo, en cuanto a su psicopatología); c) “preparación” del grupo (por ejemplo, proponiendo al inicio de la sesión un tema a revisar, sobre la experiencia general o específica del grupo).

Como se ve, este método transporta directamente al grupo la técnica del psicoanálisis individual (en cierta forma es un análisis individual, realizado sobre distintos miembros, frente a un grupo presente, que se beneficia en la medida en que se encuentra identificado con cada uno de los problemas individuales discutidos). En otras palabras, “la interpretación realizada a uno de sus integrantes debería ser válida para la mayoría de los mismos” (Fernández, 1989). Por ello se le denomina terapia interpretativa “en” el grupo.

A ésta se le opone la técnica interpretativa “del” grupo. Esta corriente toma al grupo como fenómeno central y punto de partida de toda interpretación; se considera al campo multipersonal como un fenómeno digno de ser estudiado por sí mismo. Está basada en lo que fue el primer dispositivo analítico propiamente grupal, el de W. R. Bion, dispositivo que en sus inicios, curiosamente, no tenía una finalidad psicoterapéutica.[3] La aportación de Bion a comienzos de la década de los 40s –“la aportación individual más importante que el psicoanálisis ha hecho a la psicología de los grupos pequeños”, dice Kernberg (1984)–, no sólo traslada el encuadre y la teoría psicoanalítica al dispositivo grupal, sino que representa un modelo original para la comprensión de los procesos grupales. Esas producciones imaginarias (dependencia, ataque-fuga y emparejamiento) con que los integrantes del grupo se unen delimitando posiciones a un liderazgo, creando cierta atmósfera emocional denominada supuestos básicos, son el primer acercamiento teórico a lo que más tarde será conceptualizado como uno de los organizadores del proceso grupal, de la dinámica del grupo (Cao y L’Hoste, 1995), cuando el conjunto de personas que lo integran, al entrar en regresión, pierden su singularidad, dando paso a la suposición, a la creencia, de que “el grupo existe como algo distinto a un agregado de individuos” (Bion, 1961, p. 115), en otras palabras, una representación del grupo que opera como una fantasía, lo cual no es poco, ya que hasta antes de Bion se podía hablar de un psicoanálisis aplicado al grupo; después, del grupo como un campo de descubrimiento de fenómenos inconscientes nunca antes observados.

No sin una buena dosis de reduccionismo, a partir de Bion un grupo de analistas translada el concepto de fantasía inconsciente al de fantasía inconsciente grupal y, bajo la influencia kleiniana, consideran al grupo –ahora sí psicoterapéutico– como un solo yo, como una totalidad dividida en yos parciales, ya que cada integrante actúa en función de los demás.

“Esta teoría cree encontrar una fantasía inconsciente común del grupo, a la que postula como la quintaesencia de la dinámica y la comprensión psicoanalítica de lo grupal. Esto llevaría a pensar al grupo en términos de una intencionalidad, deslizándose sin solución de continuidad hacia una antropomorfismo, que se veía expresado en las intervenciones que los coordinadores dirigían a un único interlocutor (‘El grupo me dice…; el grupo piensa…’).” (Cao y L’Hoste, 1995, p. 37).

No hace falta mencionar el problema epistemológico que a la larga representó para esta corriente el tratar de explicar, por ejemplo, el origen de esa fantasía inconsciente grupal: ¿de qué “pulsión” grupal parte? ¿en qué zona erógena del grupo se origina?

Pero, ¿qué se le interpreta al grupo? Los teóricos de esta corriente, que tuvo una gran difusión en Latinoamérica en los 50s, 60s y principios de los 70s, principalmente por el respaldo de analistas tan prestigiados como León Grinberg, Marie Langer y Emilio Rodrigué (1957), consideran: la transferencia, las ansiedades y las fantasías, todas ellas grupales; todas ellas operando como común denominador de los integrantes; todas ellas, además, en relación a la figura del analista: en otras palabras, el grupo es sólo un gran individuo.[4]

Pero, ¿por qué habrán visto un “gran individuo”?, se pregunta Ana Ma. Fernández (1989, p. 94). Entre otras razones –se contesta– para no quedar en “la extraterritorialidad”…, “por la urgencia de legitimar sus prácticas frente a sus pares”…, “para mostrar que aquello que realizaban en sus grupos era psicoanálisis…” (p. 95). Una observación interesante en términos de una de las tesis que a lo largo de este trabajo intentaremos enfatizar de diversas maneras: que la interconexión o circulación en espiral entre la técnica, la clínica y la teoría psicoanalíticas avanza o se detiene en la medida en que la impiden obstáculos epistemológicos de diversos orígenes y niveles: intrapsíquicos (conflictos y resistencias inconscientes, ansiedades básicas, fantasías originales, narcisismos descentrados, etcétera), interpsíquicos (transferencias personales, grupales, institucionales, etcétera), etcétera.[5]

Como quiera que sea, la corriente del grupo tiene el mérito de haber abierto dispositivos grupales de número restringido con fines terapéuticos; es decir, instituyó la clínica psicoanalítica grupal propiamente dicha.

Entre el análisis “en” grupo y el análisis “del” grupo, se encuentra el modelo dialéctico de Foulkes (1948; Foulkes y Anthony, 1957, 1965), el grupo-análisis, que en última instancia conceptualiza el interjuego dialéctico figura-fondo (las relaciones cambiantes individuo-grupo) a partir de la Gestalt, lo cual le permite una gran libertad interpretativa al dirigirse tanto al grupo como al individuo, como a las subagrupaciones, “incluyendo, además, el ‘aquí y ahora’ contemporáneo como el ‘allá y entonces’ histórico-genético” (Campuzano, 1992). Genéricamente, a la corriente terapéutica dentro de la que se incluye a Foulkes se le denomina “a través del grupo”.[6]

El siguiente momento epistémico –el tercero–[7] en las teorizaciones sobre la especificidad grupal corresponde a los desarrollos de los psicoanalistas hoy simplemente llamados “Los autores franceses”: Didier Anzieu, Jean-Bertrand Pontalis, René Kaës, André Missenard y Ángelo Bejarano (1972, entre otros).

El manifiesto preliminar de esta corriente es el ahora famoso artículo de Pontalis El pequeño grupo como objeto (1963), en el cual se pregunta si el dispositivo artificial del grupo de diagnóstico provoca los fenómenos grupales o sólo trae a la luz lo que permanece velado en los grupos naturales: el grupo como dispositivo develador del inconsciente o de la grupalidad. Su conclusión, así como la de los demás investigadores de esta escuela, es que el grupo es un contexto de descubrimiento de las formaciones de lo inconsciente, y no estrictamente contexto de descubrimiento de la grupalidad (Fernández, 1899, p. 116).

Estos autores establecen las bases para una lectura psicoanalítica del grupo, poniendo el acento en el grupo como objeto (en el sentido psicoanalítico del término)[8] y como proceso psíquico: el grupo como objeto de investiduras pulsionales, de representaciones imaginarias y simbólicas, de proyecciones y de fantasías inconsciente, etcétera.[9]

El hecho de que un grupo sea investido como objeto pulsional es precisamente lo que determina que los individuos que lo componen compartan la creencia de la existencia del grupo como realidad. En otras palabras, la representación imaginaria que el grupo constituye es indispensable para su desenvolvimiento: sin imaginario no hay grupo.

De ahí que entre los principales aportes de esta escuela estén el planteamiento del concepto de imaginario grupal –es decir, la idea de que “entre el grupo y la realidad, entre el grupo y el propio grupo, hay algo más que relaciones entre unas fuerzas reales: hay primitivamente una relación imaginaria” (Anzieu, 1993)– y el concepto de resonancia fantasmática (Anzieu, op. cit.), particularmente importante en términos de la teoría de la interpretación y la clínica,[10] y que establece que los miembros de un grupo, al intercambiar y fomentar imágenes, operan una cierta circulación fantasmática de éstas en tanto ellos forman parte de un vínculo, ofreciendo y aceptando los lugares y roles que corresponden a la estructura de su fantasía. La resonancia fantasmática es el reagrupamiento de algunos participantes en torno a uno de ellos, el cual hace ver o da a entender a través de sus actos o sus palabras su manera de ser o su fantasma individual inconsciente. Así, el discurso del grupo será la puesta en escena y palabras del fantasma de aquel que es el “portador” de un deseo reprimido, y alrededor del cual los otros miembros se han ubicado, tomando lugares de protagonistas en el escenario fantasmático del “portador”, obviamente, en la medida en que sus propios juegos fantasmáticos les permiten –o los obligan– a incluirse.

Kaës (1976, p. 183-184) considera tres momentos en el concepto de resonancia fantasmática: a) la perspectiva estadística, representada por Ezriel, que considera la existencia de un contenido fantasmático idéntico compartido por varios miembros; b) la perspectiva funcional, representada por Anzieu, que destaca las propiedades escénicas de la fantasía y el papel inductor de un miembro del grupo (el “portador”); y c) la perspectiva de la fantasía como organizador, representada por el propio Kaës, que considera la exploración de las propiedades estructurales de la fantasía como organizador grupal, además de considerar a la fantasía misma estructurada como grupo.

Otros aportes de esta escuela son el concepto de formaciones grupales del psiquismo, o grupalidad psíquica (constituida por la estructura de los fantasmas, la organización de las identificaciones y la organización de las instancias del aparato psíquico), y la hipótesis del aparato psíquico grupal (Kaës, 1976), que es una noción intermediaria y paradojal que efectúan los miembros de un grupo sobre la base de una doble serie de organizadores: unos, los grupos internos (psíquicos), y otros, regidos por el funcionamiento de los modelos socioculturales. En otras palabras, habrá grupo, y no simple reunión de individuos, cuando a partir de los aparatos psíquicos individuales tiende a construirse un aparato psíquico grupal más o menos autónomo.

A partir de las teorizaciones de los franceses, particularmente con el concepto de resonancia fantasmática, queda definitivamente sepultada la idea de una fantasía inconsciente grupal. Se establece la formulación de que las fantasías puestas en juego son individuales, aunque tienden a compartirse en mayor medida mientras más cerca se encuentran del polo primario (fantasías originales, etcétera). Las aportaciones de Kaës en cuanto a la estructura grupal de la fantasía, el aparato psíquico grupal y la idea de un sujeto del inconsciente surgido del grupo (Kaës, 1976, 1993) “abren una nueva dimensión en la perspectiva del trabajo con grupos e instituciones en general y del psicoanálisis en particular” (Cao y L’Hoste, 1995, p. 44).

Evolución de la técnica.

En el recorrido que acabamos de realizar por algunos de los principales desarrollos de la psicoterapia y el psicoanálisis grupal, y que abarca prácticamente 95 años, resulta evidente el cambio y las transformaciones en la conceptualización teórica y el basamento epistemológico del grupo: su dinámica, su proceso, sus formas operativas. Como es lógico suponer, las especificidades del dispositivo utilizado en el psicoanálisis grupal en sus diferentes momentos requirieron –y debieron haber recibido– similares o paralelas transformaciones en la técnica, específicamente en el área de la interpretación,[11] ya que no es posible interpretar al sujeto sin tener en cuenta el particular contexto en que está incluido (y que lo determina en parte), ni tomar a este contexto multipersonal como si estuviera dotado de una unanimidad que está lejos de poseer, falencia que ha sido probada ya a través de las críticas y refutaciones a los modelos teóricos que así lo sustentan (cf. Bernard, 1990).

La pregunta, entonces, es si estos cambios en la técnica se han realizado siempre, o si se han llevado hasta sus últimas consecuencias en correspondencia con lo descubierto en la teoría y la clínica. Es posible que la respuesta no sea afirmativa en todos los casos.

Un ejemplo muy claro es el del transplante de la teoría y la técnica individual al campo de los grupos sin asumir cabalmente las complejidades del pasaje de la dimensión intrapsíquica a la interpersonal y la polaridad individuo/sociedad (Campuzano, 1987).

Y es que, tal como señala Kaës (1987), “la dificultad clínica es también una dificultad epistemológica y metodológica. Identificar el objeto propio del psicoanálisis puesto de manifiesto en el dispositivo grupal es el problema decisivo” (p. 135); o para decirlo con otras palabras: el problema decisivo de identificar el objeto propio del dispositivo psicoanalítico grupal –una dificultad clínica–, es la dificultad epistemológica y metodológica –o sea, la dificultad teórica y técnica– que viene con él. En psicoanálisis, como en general en el avance de cualquier ciencia aplicada, la puesta en práctica de dispositivos técnicos novedosos conduce invariablemente al des-cubrimiento de fenómenos no conocidos, que a su vez obliga a formular modelos de la mente diferentes, que, por último, fuerzan modificaciones en el dispositivo técnico original.[12]

Cada nueva transformación, sin embargo, deja algo siempre fuera. En este sentido, si bien es importante reconocer que los diferentes dispositivos terapéuticos grupales están diseñados para permitir y amplificar el surgimiento y desarrollo de ciertos fenómenos específicos a través de los cuales los individuos revelan partes de su personalidad reprimida en relación a ellos mismos y hacia otros, es justamente la estructura de esos mismos dispositivos lo que impide observar otros fenómenos diferentes de la grupalidad.[13]

Campuzano (1992), por ejemplo, considera la siguiente división:

“La organización de cada dispositivo grupal específico permite la visibilidad y lectura de ciertos fenómenos y el ocultamiento de otros. Y en cuanto a las estructuras grupales se refiere, las descubiertas por la investigación psicosociológica son la estructura sociométrica, la estructura de poder y liderazgo, la estructura de comunicación y la estructura de roles, que corresponden al área funcional de los grupos en el nivel manifiesto del comportamiento. Los supuestos básicos de Bion corresponderían ya a algunas modalidades defensivas de organización de la estructura de poder y liderazgo (contraparte del “grupo de tarea”) formulados en el nivel de la psicodinamia latente, inconsciente e interpretable para lograr ser comprendida. Asimismo, los organizadores psíquicos inconscientes del grupo que Anzieu ha propuesto, corresponden al nivel latente, fantasmático-imaginario, y son visibles y legibles solamente en aquellos dispositivos grupales que permiten la aparición de formaciones inconscientes” (p. 63).

Pero si volvemos a la fuerte interdependencia entre clínica, teoría y técnica psicoanalíticas, en el caso particular de esta última el dispositivo grupal requiere de una formulación amplia no sólo en términos de a quién se interpreta y qué se interpreta, sino también del cómo y, sobre todo, del para qué (Campuzano, 1992). La pregunta esencial es, de todas formas, ¿en qué medida el psicoanálisis grupal ha podido diferenciarse del psicoanálisis individual, no sólo en la clínica y en la teoría, sino básicamente en la técnica? Haremos a continuación algunas observaciones relacionadas con estas preguntas. Por consideraciones de espacio nos referiremos sólo a dos temas: el a quién se interpreta, y el para qué.

¿A quién se interpreta?

Evidentemente la primera oposición ocurren en la bifurcación psicoanálisis-de-uno/psicoanálisis-de-más-de-uno.[14] No sólo por una cuestión de número, sino porque, como lo demuestra Kaës (1987), en el fondo de la dificultad para pensar al grupo, el lugar y la función del psicoanalista, está la descentración del sujeto, y con ésta, la cuestión defensiva de las investiduras narcisistas.

No me detendré mucho en esta cuestión dilemática, dado que ha sido tratada como fundamental por diversos autores (cf. Bernard, 1990; Campuzano, 1987, 1992; Kaplan y Sadock, 1993; Scheidlinger, 1987). Propondré, en cambio, algunos ejemplos:

a) Análisis en grupo:[15]

Tal como mencionan Kutash y Wolf (1993), precisamente dos de sus iniciadores,[16] el psicoanálisis en grupo “enfatiza el desarrollo de la armonía a partir de la disarmonía, el desarrollo de la reciprocidad a partir del antagonismo, el crecimiento del yo a través del énfasis persistente en el apoyo al yo suprimido, el auto-respeto y el respeto a otros en el curso de la lucha, la apreciación de las diferencias y un sentido de respaldo mutuo conforme avanza el tratamiento” (p. 127). Explicitamente manifiestan que “el énfasis en el proceso grupal y la dinámica del grupo no sólo promueve resistencias, sino que crea un efecto di-egofrenogénico (el hundimiento de la personalidad de cada uno de los miembros) y una pseudos-cohesión a la cual cada paciente se somete” (p. 126). Para estos autores “el psicoanálisis en grupos puede ayudar a los pacientes a darse cuenta de su potencial completo como seres sociales. Ese es un puente adicional en el establecimiento de relaciones sociales saludables fuera del análisis” (p. 134). Mencionan, por ejemplo, el caso de una paciente que en su primera sesión de grupo se presenta con vestimenta y aires teatrales, sosteniendo una larga cigarrera. “Este no es mi tipo de gente” –comenta al terapeuta–. “¿No tiene usted un grupo que tenga algo más en común conmigo?” Se le coloca entonces en un grupo que recién inicia, con mayoría de artistas y gente del teatro. Los pacientes inmediatamente “ríen, bromean y se la pasan muy bien”, aunque ninguno habla de sus sentimientos, asociaciones o sueños. Ese grupo eventualmente se disgrega, y sus miembros –entre los que se supone que está la paciente de la cigarrera– son ubicados en otros grupos heterogéneos. En ellos, el trabajo grupal se da a través de “la promoción de personalidades diferenciadas, complementarias y no complementarias, agnósticas y antiagnósticas, conflictivas y no conflictivas”… “Los miembros, a través de su creciente individualidad, aprendieron –a través de las diferencias entre su percepción realista y su percepción irreal– a apreciar sus dones de visión mutuamente reconocidos y el tesoro de la percepción de cada uno” (p. 134). Se entiende que “la cura” para la paciente ocurre cuando puede integrarse, desenvolverse y crecer en el grupo heterogéneo.

¿Cuál es aquí el efecto del grupo? Para los autores, es la doble posibilidad del análisis individual aunado al plus grupal que posibilita la reedición y rectificación de transferencias abiertamente reconocidas como surgidas de las relaciones familiares tempranas. Así sucede, en otro ejemplo, cuando un grupo de pacientes “que anteriormente se habían sentido sobrecogidos en grupos grandes”, son colocados en grupos terapéuticos pequeños –tres o cuatro miembros, un “minigrupo”–, con la finalidad de “participar más y…obtener un sentimiento de libertad única” (p. 135).

b) Análisis del grupo:

Ya se ha mencionado que las intervenciones exclusivamente a nivel de el-grupo-como-un-todo han resultado un tanto infructuosas a la larga; la razón es que la demanda terapéutica, en el grupo psicoanalítico, es evidentemente individual, no grupal. Sin embargo, este es también un buen ejemplo de cómo los desarrollos en la teoría o en la clínica no siempre corren paralelos a las modificaciones en la técnica. En otras palabras, la implementación de un dispositivo técnico novedoso, que conduce al descubrimiento de importantes fenómenos de la grupalidad –los grupos de supuesto básico bionianos–, que a su vez permite el planteamiento de modelos de la mente excepcionales –mentalidad grupal, cultura del grupo, etcétera–, no siempre van acompañados de un consecuente replanteamiento del dispositivo técnico original. Tal fue el caso donde el modelo técnico del psicoanálisis individual simplemente se traspasó al grupo, convirtiéndose éste en un gran individuo que, por añadidura, sólo transfiere sobre el terapeuta (transferencia central).

Zimmermann (1969) nos da algunos ejemplos:

“Paulo, uno de los componentes de un grupo mixto, declara que últimamente es molestado por una vecina que no mantiene las cañerías de desagüe de su casa en debida forma. Las aguas sucias terminan por invadir la residencia de Paulo, mojándola y humedieciéndola y arruinando los muebles y utensilios no sólo de su propiedad, sino también de un inquilino suyo, que vive en la parte baja del edificio. Habiendo fracasado varias veces en sus intentos de entendimiento personal con la vecina, fue a quejarse al Departamento de Salud Pública, donde no fue debidamente atendido y ahora no sabe qué hacer”.

“Les dije que Paulo representaba una parte del grupo, hablando en su nombre y en el del inquilino (representado allí por el paciente a su lado). Se dirigía a mí como lo hiciera al Departamento de Salud Pública a fin de reclamar contra las cosas sucias que provenían de la otra parte del grupo, formada por las mujeres”…, etcétera (p. 82-83).

Otro ejemplo:

“Una mujer sugirió que, al contrario de un regalo de Navidad, sería más interesante un almuerzo o cena, tal vez una parrillada, a la que concurrieran todos los participantes. Agregó: ‘si el doctor no va, nosotros dejaremos un lugar vacío, el principal, el de la cabecera de la mesa, con los platos y cubiertos, como si él estuviese presente’. El grupo me presentaba el tema del ‘lugar vacío’, dejado por el jefe de familia (grupo) muerto; el respeto, el homenaje y el temor a su presencia invisible, que no permite tomar su lugar. Les dije entonces, que el banquete así fantaseado era porque yo estaba muerto para el grupo; que ellos estaban pensando que su rabia me había matado” …, etcétera (p. 87).

c) Análisis a través del grupo:

Con su visión dialéctica, de figura-fondo, individuo-grupo, hasta muy recientemente este modelo dominó el panorama del psicoanálisis grupal (cf. Foulkes, 1948, Foulkes y Anthony, 1957, 1965; Hernández, 1994). Presentaré un ejemplo (Campuzano, 1992, p. 58-59):

“Tomo a la primera parte (las modalidades de liderazgo y de lucha por el poder) como el enunciado general, la interpretación grupal equivalente a ‘la fantasía grupal común’ de Ezriel, y, a partir de ahí paso a detallar las características descriptivas, fenomenológicas, del liderazgo en cada uno de los miembros del grupo y, dado mi conocimiento de cada uno de ellos, su origen epigenético.”[17]

(…) “Se abrió con una interpretación grupal: ‘Parece que están hablando de las formas como cada uno se relaciona y maneja un liderazgo en sus luchas por el poder, y de las consecuencias que esta modalidad tiene en su relación con la gente’”.

“Después de esto pasó a detallarse, a partir del material discursivo del momento y de los antecedentes conocidos por el analista, las modalidades individuales y sus orígenes infantiles: ‘En tu caso, Ana, te manejas como la primogénita consentida, la reina que ‘agandalla’ y a la que ‘le valen gorro’ los demás hermanos a quienes ves despectivamente. Ese desprecio lo expresas mediante una agresión velada de ‘digan lo que quieran, al fin y al cabo que a mi ni me importa’. Muchas veces nos has hecho eso en el grupo y los compañeros se han enojado”…, etcétera (p. 59).

d) Derivados de los aportes franceses:

Si bien es cierto que los autores franceses que hemos mencionado trabajan mucho el concepto de interpretación, muy poco lo hacen en la clínica psicoanalítica grupal. Bernard (1995) quien hasta cierto punto puede considerarse un seguidor y continuador latinoamericano de aquéllos, toma el concepto de resonancia fantasmática de Anzieu (1993) y el de grupos internos de Pichon-Rivière y Kaës, entre muchos otros (organizadores psíquicos grupales, fantasías originarias, etcétera), y se propone establecer una teoría sobre la estructura de roles como lenguaje y estatuto del inconsciente; estructura que se dramatiza siempre en un grupo terapéutico a partir de la interacción y comunicación dominadas por el lenguaje, “y que sufre el impacto de la necesidad de apoyo del mundo interno de los componentes del grupo” (Bernard, 1990, p. 27). En relación al a quién se interpreta, dice: “A todos los integrantes del grupo, si coinciden en los roles complementarios que determina la dramática de una fantasía primaria. A alguno o algunos de ellos, si la fantasía puesta en acto es de tal grado de complejidad que no resuena en todos” (op. cit., p. 30; Cuissard, 1977). Veamos el siguiente ejemplo (1995, p. 164-165):

“Comienza la sesión María, relatando que está muy triste porque el día anterior murió una tía a la que estimaba mucho. Esa tía fue muy desgraciada en vida (nos informa), porque cuando niña padeció una enfermedad infecciosa muy grave que la dejó lisiada. Nunca fue muy considerada por el resto de la familia. El padre de María, por ejemplo, por temor al contagio (aunque la tía ya se había curado desde el punto de vista infectológico), la hacía comer aparte del resto de la familia. Vivía en una pensión, y comía cada día en casa de un hermano distinto”.

“El terapeuta señala que no hubo premio ni compensación por una vida desgraciada, y que María tal vez se siente identificada con esta tía. (Suele contar con frecuencia y con tono quejoso sus ‘desgracias’).”

“María asiente mecánicamente, y continúa relatando detalles de la vida de su tía. En ese momento Alicia, que se había mostrado muy impactada por el relato, comienza a sollozar. Luisa le pregunta qué le pasa, y Alicia le contesta que no tiene deseos de contarlo en ese momento. Sin embargo, dice que está muy impresionada por el relato de María, y que no puede oír hablar de muertes, porque ese día se cumplen 20 años de la de su padre, que ocurrió cuando ella tenía 3 años. Piensa cómo hubiera sido su vida si hubiera tenido un padre.”

“Luisa le recuerda que sí tuvo un padre: la madre de Alicia se volvió a casar cuando ella tenía 6 años. Alicia contesta que no es lo mismo. A su padrastro, por otra parte, ahora lo quiere mucho, pero no es como un padre. María, mientras tanto, permanece callada con cara compungida, sin participar del relato de Alicia.”

“El terapeuta señala que Alicia no puede sentir al padrastro como un padre, porque tal vez no termina de aceptar la pareja de éste con su madre, así como no pudo soportar que María atrajera la atención de todos con su relato. Le señala a María la necesidad de negación de su avidez, al ceder el campo a Alicia, identificándose de esa manera, nuevamente, con su desgraciada tía”.

En la posterior discusión que Bernard hace del caso (p. 166-168), queda claro que el terapeuta también ha estado observando en todo momento el nivel de la dinámica grupal en su totalidad (el grupo delega en María ciertas funciones, etcétera).

¿Para qué se interpreta?

En principio, diría Coderch (1995), para hacer insight, y con éste, producir un cambio en la estructura psíquica del paciente.

Para promover una toma de conciencia personal (self-awareness) y significar, dar sentido (meaning attribution), dice Scheidlinger (1987).

Para hacer consciente lo inconsciente (lo que lleva implícita la resolución de la transferencia), reviviendo, en el aquí-ahora grupal, los patterns arcaicos de escenas que han quedado cristalizadas, dice Bernard (1990).

Sin embargo, quiero proponer otra respuesta a partir de la comparación y diferenciación de los objetivos contradictorios promovidos por los dispositivos individual y grupal (y aquí utilizo la palabra “contradictorios” con plena conciencia de su significado como “discursos opuestos”).

Comenzaremos por establecer que son dos –y solo dos– los instrumentos analíticos que utiliza el psicoanalista en su trabajo: el encuadre y la interpretación.

En este sentido, y a partir de la idea anteriormente expresada de que la técnica de la interpretación está siempre referida a los desarrollos generados o surgidos de la situación terapéutica –o sea, la clínica (que a su vez mantiene una relación de interdependencia con la estructura teórica del psicoanálisis)–, puede postularse que el establecimiento de un dispositivo de procedimiento tal como el encuadre analítico individual obedece o responde a una serie de constructos metapsicológicos fundamentales, tales como el origen inconsciente del psiquismo (hipótesis topográfica), el desarrollo continuo de la vida mental desde el nacimiento hasta su estado presente (hipótesis genética), y la naturaleza conflictiva de la experiencia humana inherente a la lucha entre libido y agresión, con sus formaciones de compromiso y defensas resultantes, ya sean adaptativas o no (hipótesis estructural, dinámica y económica) (Debanne, de Carufel, Bienvenu y Piper, 1986).

Puede decirse, entonces, que en el dispositivo individual el propósito último del encuadre analítico es facilitar la exploración de la vida inconsciente del individuo, tan atrás como sea posible (para establecer, consecuentemente, su vinculación con el presente). Es evidente que las herramientas o instrumentos utilizados en ese dispositivo analítico están dirigidos precisamente a promover tal regresión: disminución de los estímulos ambientales, ausencia de contacto visual directo, posición yacente, abstinencia del analista, restricción y dosificación de sus intervenciones, promoción de lo afectivo e intrapsíquico (a través del aumento o estimulación de los contactos e interacciones: frecuencia, regularidad y duración de las sesiones) (cf. Rapaport y Gill, 1962).

Tal regresión ocurre en psicoanálisis en varios niveles (Scheidlinger, 1968), por ejemplo: regresión topográfica (el funcionamiento mental de un individuo se desplaza del consciente al inconsciente); regresión impulsiva o instintiva (ligada a la teoría de la libido, implica un retroceso hacia pulsiones parciales características de etapas más tempranas del desarrollo); regresión yoica o genética (referida al surgimiento de modos más tempranos y generalmente infantiles de comportamiento); regresión filogenética (implica una reactivación de recuerdos supuestamente arcaicos e innatos, comunes a toda la humanidad).[18]

Pero, en todo caso, ¿puede establecerse que el encuadre grupal promueve el desarrollo de fenómenos regresivos similares? La respuesta es no, particularmente en cuanto el número de participantes, la posición frente a frente, la mayor duración de las sesiones y la posibilidad de observar directamente las reacciones y actividades del analista; todo lo cual contribuye al incremento de los estímulos externos en la situación terapéutica. O para decirlo de otra manera: en cuanto a la regresión, la situación grupal difiere de la situación analítica clásica no sólo cuantitativa, sino cualitativamente (cf. Debbane, de Carufel, Bienvenu y Piper, 1986). Por ejemplo:

“Locus” del fenómeno y discriminación mental sobre la que incide:Aspecto de la regresión promovido por el encuadre analítico individual:En el encuadre terapéutico grupal:Problemas, consecuencias, diferencias y fantasías despertadas:
La persona: discriminación yo-no yo.Intimidad con el analista: promoción del deseo regresivo de fusión con la madre o el pecho.Desarrollo de múltiples relaciones y transferencias: hacia el analista, hacia los compañeros, hacia el grupo, hacia la realidad externa (Bejarano, 1972).Sensación de rechazo al deseo regresivo de estar a solas con el analista y ser su único objeto de atención; problemas de rivalidad edípica, celos y envidia más frecuentemente.
El lugar: discriminación adentro-afuera.Predominio del mundo interno: el encuadre ofrece un lugar para la expresión de fantasías, afectos y deseos íntimos, ocultos, profundos.Predominio de lo externo: el grupo confronta, interviene, penetra e impone los contactos; muchas de las dinámicas se originan a partir de lo vivido por “los otros”.Sensación de amenaza a la identidad; el “afuera” como depositario de partes escindidas y proyectadas.
El tiempo: formas de abordar la discriminación pasado-presente.Emergencia del pasado temprano en los recuerdos, sensaciones, fantasías y deseos inconscientes infantiles, sin amenaza de la identidad.[19]Predominio de lo regresivo muy temprano manifestado, más que en el discurso, en la expresión vincular y de acciones en el grupo. El estímulo regresivo tan intenso produce efectos fusionales, sincréticos o de hiper-discriminación sólo superables mediante la función interpretativa del psicoanalista sustentada en una teoría del desarrollo tendiente a la diferenciación individual.[20]Intensificación de la importancia del “aquí y ahora” en la sesión; corto-circuito a la vivencia, actuación y transferencia preedípica.[21]
La acción: discriminación activo-pasivo.Mayor sensación de control sobre lo que se quiere decir y cuándo se quiere hacerlo.Falta de control sobre lo que se dice, quién lo dice y las consecuencias de ello.Sensación de vunerabilidad, caos o exclusión; sensación de que se “reacciona” más que “acciona”.

Como puede observarse, los dos modelos presentan en su esencia oposiciones y contradicciones que no sólo tienden a ser irreconciliables, sino que, principalmente, no pueden sobreimponerse o extrapolarse de uno a otro dispositivo porque la intención de cada uno, su finalidad, está orientada a metas diferentes: en el modelo en que se basa el dispositivo individual la finalidad es el sueño; la técnica, regida por el valor dado a la interpretación, se dirige a hacer “soñar” al paciente, mientras permanece recostado pero despierto en el diván. Así lo buscó Freud originalmente al pasar de la hipnosis al método catártico, y tanto el encuadre como la interpretación (de las resistencias, de la transferencia) están orientadas a promover la regresión en ese sentido, o a eliminar los obstáculos que la impiden.

Sin embargo, en el encuadre grupal, este modelo del sueño no es aplicable (por lo menos no “textualmente”), precisamente por las condiciones –y sobre todo los efectos– del encuadre, tan como ha quedado asentado.[22] ¿Qué promueve entonces el grupo?, ¿hacia dónde se orientarán consecuentemente las interpretaciones? ¿El modelo es el de la locura (dada la amenaza del grupo a los límites del yo individual)?, ¿es el brain-storming (dado el predominio de la externalidad en el grupo)?

Creo que la respuesta es: “depende del dispositivo grupal”, “depende de las formaciones psíquicas que permite ver el dispositivo, de lo que se desea observar con él”; y aquí regresamos nuevamente a la interdependencia en espiral entre la teoría, la técnica y la clínica; entre el método y la explicación. Regresamos al problema del qué se interpreta. Problema que ya han tratado otros autores (cf. Campuzano, 1992), y que deberemos dejar, ahora, para otra ocasión.

Addenda

Edward Lazell fue el primero en ver pacientes psiquiátricos (esquizofrénicos) en grupos, en el St. Elizabeth’s Hospital en Washington, D. C. Su método consistía también de conferencias e intentos educativos; Trigant Burrow, a principios de los 20s, comenzó a tratar pacientes neuróticos en grupo. Acuñó la frase “análisis grupal”, aunque posteriormente la cambió por “filoanálisis”. Otros practicantes pioneros del grupo fueron Alfred Adler (1921), quien se interesó en el hombre como ser enteramente social, Metzel (1927), con su trabajo con pacientes alcohólicos, y Moreno, quien fundó la escuela del psicodrama en los 30s (Rutan, 1993).

En la concepción del psicodrama, creado por Moreno en 1911, encontramos ciertos elementos de la terapia “por” el grupo con carácter fraternal. “…El psicodrama es un instrumento terapéutico más sofisticado y profundo… no debemos descartar la importancia de la estructura social fraternal en este tipo de grupo, donde la dramatización impone un libre intercambio de papeles y donde se minimiza el papel del líder formal.” (Grinberg, Langer y Rodrigué, 1957, p. 30).

No comparto totalmente la opinión de Cao y L’Hoste (1995) cuando sitúan “la primera representación científica de los fenómenos grupales” de Lewin “en los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial”, ya que Lewin murió en 1947 y sus aportaciones sobre la “dinámica de grupos”, un término inventado por él, son de 1939 (De Board, 1978, p 67); su estudio sobre hábitos alimenticios, comentado por Anzieu (1993), es de 1940 (De Board, 1978, p. 141). Es interesante la observación de De Board (1978) en el sentido de que “la vida de Kurt Lewin es tan importante como su trabajo… refleja en gran medida su propia situación personal y el medio circundante en que se encontró… Como judío alemán, que sufrió el antisemitismo en los comienzos de su carrera académica… fue obligado a huir de los nazis en 1933… Su obra revela la apasionada preocupación por la democracia, en general, y las minorías en particular” (p. 57)… Los objetos constantes de preocupación para Lewin eran la democracia, los judíos y los grupos minoritarios, y en 1944 creó la Comisión sobre Interrelaciones Comunitarias, cuerpo patrocinado por el Congreso Judío Norteamericano… Propició un juicio –finalmente ganado– contra la Facultad de Medicina de la Universidad de Columbia, por su restricción al número de estudiantes judíos matriculados (p. 68). ¿Tiene esto algo que ver con “dinámica de grupos”, “liderazgo democrático, autocrático y prescindente”, “espacio social”, “espacio vital”, “resistencia al cambio”, etcétera? Por cierto que una de las alumnas más destacadas de Lewin fue la antropóloga Margaret Mead.

Por último, estamos acostumbrados a relacionar la producción de algunos trabajos de Freud con eventos o momentos de la historia psicoanalítica: por ejemplo, Tótem y tabú (1912-13) con las rupturas de Adler (1911) y Jung (1914); Más allá del principio del placer (y el planteamiento de la pulsión de muerte) con el fallecimiento de Sophie, su hija, y de Anton Von Freund, su benefactor, etcétera. El trabajo de Pontalis sobre El pequeño grupo como objeto (1963), ¿se relaciona de alguna manera con la creación de la Escuela Freudiana de París, en el mismo año de 1963, o la creación de la Asociación Psicoanalítica de Francia, en 1964 -ambas generadas a partir de las posiciones conflictivas de J. Lacan-?

BIBLIOGRAFÍA

Anzieu, D. (1993) El grupo y el inconsciente. Lo imaginario grupal. Madrid: Biblioteca Nueva.

Anzieu, D., Bejarano, A., Kaës, R., Missenard, A. y Pontalis, J.-B. (1972) El trabajo psicoanalítico en los grupos. México: Siglo XXI, 1978.

Bejarano, A. (1972) Resistencia y transferencia en los grupos. En D. Anzieu, A. Bejarano, R. Kaës, A. Missenard y J.-B. Pontalis (1972) El trabajo psicoanalítico en los grupos. México: Siglo XXI, 1978.

Bernard, M. (1990) La interpretación en psicoanálisis grupal. En: Mesa redonda sobre interpretación en encuadres multipersonales. Revista de Psicología y Psicoterapia de Grupo, 13 (1-1): 25-34.

Bernard, M. (1995) La organización del grupo. En Bernard, M., Edelman, L., Kordon, D., L’Hoste, M., Segoviano, M. y Cao, M. Desarrollos sobre grupalidad. Una perspectiva psicoanalítica. Buenos Aires: Lugar Editorial.

Bion, W. R. (1961) Experiencias en grupos. México: Paidós, 1990.

Campuzano, M. (1987) El campo general de los procesos psicológicos: grupos terapéuticos, grupos familiares y grupos de trabajo. Análisis Grupal, 4 (2): 4-25.

Campuzano, M. (1992) Lo grupal, dilema técnico donde se diferencian los distintos modelos de grupo analíticos. Análisis Grupal, 8 (1): 53-66.

Campuzano, M. (2005) Los grupos psicoanalíticos, sus formas específicas de estimular la regresión y de generar ansiedades. Grupo, 5-6, 13-24.

Cao, M. L. y L’Hoste, M. (1995) El imaginario grupal. En Bernard, M., Edelman, L., Kordon, D., L’Hoste, M., Segoviano, M. y Cao, M. Desarrollos sobre grupalidad. Una perspectiva psicoanalítica. Buenos Aires: Lugar Editorial.

Coderch, J. (1995) La interpretación en psicoanálisis. Barcelona: Herder.

Cuissard, A. (1977) Temas técnicos. En M. Bernard y A. Cuissard Temas de psicoterapia de grupos. Buenos Aires: Helguero Editores, 1979.

De Board, R. (1978) El psicoanálisis de las organizaciones. Buenos Aires: Paidós.

Debbane, E. G., de Carufel, F. L., Bienvenu, J. P. y Piper, W. E. (1986) Structures in interpretations: A group psychoanalytic perspective. Int. J. Group Psychother., 36 (4): 517-532.

Fernández, A. M. (1989) El campo grupal. Notas para una genealogía de lo grupal. Buenos Aires: Nueva Visión.

Foulkes, S. H. (1948) Introduction to group-analytic psychotherapy. Londres: Heinemann.

Foulkes, S. H. y Anthony, E. J. (1957) Psicoterapia analítica de grupo. Buenos Aires: Paidós, 1964.

Foulkes, S. H. y Anthony, E. J. (1965) Group psychotherapy. The psychoanalytic approach (segunda edición revisada). Londres: Harmondsworth-Penguin.

Grinberg, L., Langer, M. y Rodrigué, E. (1957) Psicoterapia del grupo. Buenos Aires: Paidós.

Hernández Hernández, R. (1994) El proceso terapéutico. Las perspectivas del psicoanálisis y del grupoanálisis. Tesis de analista de grupo. México: Asociación Mexicana de Psicoterapia Analítica de Grupo, A.C.

Kaës, R. (1976) El aparato psíquico grupal. Barcelona: Gedisa

Kaës, R. (1987) Lugar, función y saber del psicoanalista en el grupo. Revista de Psicología y Psicoterapia de Grupo, 9 (1): 119-147.

Kaës, R. (1993) El grupo y el sujeto del grupo. Buenos Aires: Amorrortu, 1995.

Kaplan, H. y Sadock, B. (1993) Group psychotherapy derived from psychoanalysis. En Comprehensive group psychotherapy. Baltimore: Williams and Wilkins.

Kernberg, O. (1984) The couch at sea: Psychoanalytic studies of group and organizational leadership. Int. J. Group Psychother., 34: 5-23.

Klapman, J. W. (1946) Group psychotherapy. Theory and practice. New York: Grune and Stratton.

Kutash, I. y Wolf, A. (1993) Psychoanalysis in groups. En Comprehensive group psychotherapy. Baltimore: Williams and Wilkins.

Laplanche, J. y Pontalis, J.-B. (1968) Diccionario de psicoanálisis. Barcelona: Labor, 1979.

Palacios, A. (1967) Concepto y técnica de la interpretación grupal. Correlato oficial de la Asociación Mexicana de Psicoanálisis de Grupo. Sao Paulo: Anais do V Congresso Latinoamericano de Psicoterapia Analítica de Grupo. Citado en A. Palacios (1975) Técnica de grupo en Psicoanálisis. México: La Prensa Médica Mexicana.

Pontalis, J.-B. (1958-59) Des techniques de groupe: de l’idéologie aux phénomènes. En Après Freud. París: Gallimard, 1968.

Pontalis, J.-B. (1963) Le petit groupe comme objet. En Après Freud. París: Gallimard, 1968.

Pratt, J. H. (1922) The principles of class treatment and their applications to various chronic diseases. Hosp. Social Service.

Rapaport, D. y Gill, M. (1962) La teoría de la autonomía del yo: una generalización. En Aportaciones a la teoría y técnica psicoanalítica. México: Pax-México.

Rutan, J. S. (1993) Psychoanalytic group psychotherapy. En H. Kaplan y B. Sadock (eds.) Comprehensive group psychotherapy. Baltimore: Williams and Wilkins.

Scheidlinger, S. (1968) The concept of regression in group psychotherapy. Int. J. Group Psychother., 18: 3-20.

Scheidlinger, S. (1987) On interpretation in group psychotherapy: the need for refinement. Int. J. Group Psychother., 37 (3): 339-352.

Schilder, P. (1949) Introducción a una psiquiatría psicoanalítica. Buenos Aires: Beta.

Slavson, S. R. (1953) Psychotherapie Analytique de groupe. París: Press Universitaires de France.

Wolf, A. (1949) The psychoanalysis of groups. Am. J. Psychother., 3: 525.

Wolf, A. y Shwartz, E. (1962) Psychoanalysis in groups. New York: Grune and Stratton.

Zimmermann, D. (1969) Estudios sobre psicoterapia analítica de grupo. Buenos Aires: Paidós.


[1] Asociación Mexicana de Psicoterapia Psicoanalítica, A.C.; Asociación Mexicana de Psicoterapia Analítica de Grupo, A.C.; Universidad Intercontinental.

[2] Samuel Slavson intrumentó la fundación de la American Group Psychotherapy Association.

[3] En todo caso, una curiosidad que merecería mayor análisis. Tal como ha destacado el Dr. M. Campuzano (comunicación personal), las tres principales aportaciones al estudio de la grupalidad se han hecho a partir de dispositivos no terapéuticos: Lewin, Bion y los seminarios de formación franceses.

[4] No sólo fue el psicoanálisis del grupo el marco de referencia formativa para la mayoría de los coordinadores de grupo en los años 60s y 70s en Latinoamerica: también lo fueron la concepción operativa de Pichón Rivière y el psicodrama psicoanalítico.

[5] Cf. Sánchez Escárcega, J. y Brown Parra, N. (1993) La investigación y el investigador vistos por el psicoanálisis. Umbral XXI, 11: 64-67.

[6] En realidad, los modelos “en” y “del” grupo, tal vez por su polarización extrema, al menos en la AMPAG hoy ya nadie los asume ni “en su integridad ni en sus limitaciones” (Campuzano, 1992).

[7] El segundo momento es el deBion; el primero, el de los precursores de los desarrollos grupales, tales como Pratt (Fernández, 1989). Kaës (1993) también habla de tres “invenciones” psicoanalíticas del grupo: coincide en situar a Bion en la segunda, pero coloca en la primera, en congruencia con la tesis que sostiene a lo largo de todo su libro, a Freud.

[8] “Todo grupo es el resultado de una tópica subjetiva proyectada sobre él por las personas que lo componen: un grupo es un objeto de catexia pulsional” (Pontalis, 1963; Anzieu, 1993, p. 16).

[9] “El grupo es un lugar de fomento de imágenes” (Anzieu, 1993, p. 43)…”Es una puesta en común de las imágenes interiores y de las angustias de los participantes” (p. 42)… “Imágenes que trasuntan en sentimientos y emociones que excitan o paralizan la actividad grupal, sea ésta cual fuere, y que generan fenómenos de unidad, de disgregación, de defensa, apatía o resignación” (Cao y L’Hoste, 1995, p. 39).

[10] Ana Ma. Fernández (1989) claramente dice [hablando de las prácticas grupales, en tanto la mayoría de ellas se despliegan en la práctica psicoanalítica]: “…allí sí el eje del trabajo son -necesariamente- los juegos de resonancia fantasmáticas y/o los juegos identificatorios; allí, el dispositivo grupal, en tanto espacio táctico, está diseñado para abrir visibilidad a tales juegos, ya que es precisamente esto lo que busca analizar” (p. 127).

[11] En realidad, varias transformaciones operan en forma interdependiente y simultánea: En el primer nivel, las teorías de la personalidad, abarcando una explicación sobre la dinámica de la conducta, tanto en la salud como en la enfermedad, y consecuentemente en la técnica; en el segundo nivel, las teorías sobre el grupo, su dinámica, procesos, etcétera, y consecuentemente en la teoría de la técnica grupalizada (cf. Campuzano, 1987).

[12] “Los mecanismos observados son enteramente relativos a la situación en cuyo seno aparecen”, dice Pontalis (1958-59, p. 217).

[13] “El objeto se construye con el método, el método produce un recorte del objeto teórico, y por lo tanto un resto. Esto es ineluctable” (Kaës, 1993, p. 375).

[14] “La antinomia de más fundamental importancia en el campo de los grupos, sigue siendo la polaridad individuo-grupo” (Campuzano, 1992, p. 53).

[15] En México, al menos en 1967, Palacios señalaba: “Generalmente la interpretación depende, en gran medida, del concepto que se tenga de psicoterapia de grupo… En nuestro trabajo terapéutico laboramos en forma muy semejante al psicoanálisis individual” (p. 110).

[16] Curiosamente ninguno de ellos reconoce en su artículo ser representante del análisis en grupo -del cual hasta cierto punto se deslindan-, a pesar de mencionar explícitamente que “el psicoanálisis en grupos, una forma de terapia grupal, fue iniciada pioneramente por Alexander Wolf en 1937…” (p. 126).

[17] En otro trabajo (1987) propone que las interpretaciones dirigidas a los individuos estén orientadas a la psicopatología y cumplan una función similar al análisis individual. Las interpretaciones grupales, en cambio, deben estar dirigidas al análisis de las resistencias grupales, a favorecer la cohesión e identidad grupales, el sprit de corps.

[18] Laplanche y Pontalis (1968), por ejemplo, mencionan sólo las regresiones tópica, temporal y formal.

[19] En la primera versión del artículo aquí decía: Predominio del pasado temprano: emergencia de recuerdos, sensaciones, fantasías, deseos inconscientes infantiles.

[20] Aquí originalmente decía: Predominio de lo actual en el grupo: hay varias “vidas” ocurriendo al mismo tiempo; las palabras son vividas como acciones.

[21] En este cuadro decía: Intensificación de la importancia del “aquí y ahora”; utilización defensiva de la regulación del tiempo para hablar, etcétera.

[22] Considero que esta opinión no es contradictoria con la de Anzieu (1993) en el sentido de que “el grupo es un sueño”, ya que yo me refiero específicamente a la finalidad del setting analítico grupal, y no al grupo como fenómeno.