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Muchas cosas han cambiado desde que se declaró la pandemia generada por COVID 19 el pasado 11 de marzo de 2020; después de un año se han descubierto algunas cosas y otras tantas siguen sin saberse con exactitud, por ejemplo, todo lo referente a la vacunación.

Hace un año nadie sabía sobre el impacto que el virus podía tener sobre la salud al generar secuelas físicas, cognitivas y psicológicas. Una investigación realizada en China publicada por The Lancet 2020, estimó que las tres cuartas partes de los pacientes que tuvieron COVID-19 sufrían de al menos un síntoma residual seis meses después de haberse enfermado. Según el estudio, el 76% de los pacientes que participaron en el seguimiento (1.265 de 1.655) dijeron que seguían teniendo síntomas. Un 63% se quejó de fatiga o debilidad muscular, mientras que el 26% tuvo problemas para dormir. Además, se manifestó ansiedad o depresión, e incluso algunos pacientes desarrollaron problemas renales tras recibir el alta hospitalaria. En tanto, los pacientes con condición más grave presentaron con mayor frecuencia alteraciones en la función pulmonar y anomalías en las tomografías del tórax. (Huang et al., 2021)

Investigaciones publicadas en revistas de divulgación científica encontradas a través de PubMed, entre 2020 y 2021, han determinado que los principales síntomas después de haberse restablecido de un cuadro agudo por COVID-19 son: dificultad para respirar, sensación de cansancio, tos, dolor muscular de hombros y espalda, dolor en el pecho, ritmos cardíacos anormales, miedo, ansiedad, dificultad para manejar el estado de ánimo, falta de memoria, concentración y limitación para realizar esfuerzos. (Huang et. al., 2021; López-León et .al., 2021).

Con respecto a la salud mental se ha estudiado mucho el impacto que la epidemia ha tenido sobre ésta, ya que se asocia a la condición de confinamiento y al aislamiento social que restringió la convivencia con los amigos y la familia, sumado a la crisis económica y la incertidumbre laboral entre otras cosas. Sin embargo, es reciente la evaluación de los efectos psicológicos tras haber sido sobreviviente de COVID 19, se hayan o no tenido síntomas graves, o bien tras haber sufrido la pérdida de uno o varios familiares, a lo que se suma la preocupación constante por el contagio a los seres queridos. (Vindegaard, 2020; Greenberg, 2021)

Hoy sabemos que el virus afecta el sistema nervioso central por lo que se pueden tener alteraciones psicológicas, psiquiátricas y neurológicas, y hasta el momento no se ha podido evidenciar si su etiología está asociada al proceso inflamatorio del virus, a los efectos del estrés post-traumático, a los efectos del tratamiento utilizado, o bien a la suma de estos tres factores.

Dentro del impacto psicológico que se tiene como víctima directa de COVID 19 siempre existe el riesgo latente de enfermar gravemente, y es que lo difícil de esta enfermedad es lo incierto sobre la reacción que tendrá el organismo, puede cursarse de forma asintomática, o bien con síntomas leves, moderados o al grado de requerir hospitalización, intubación o asistencia respiratoria mecánica, lo que incrementa la ansiedad y la angustia de muerte.

Aunque en algunos casos la enfermedad se curse con síntomas leves, la angustia de muerte también puede manifestarse o incluso incrementarse a partir de la instrucción médica de la vigilancia y registro del nivel de oxigenación, temperatura y frecuencia cardiaca. Por lo cual, aunque el oxímetro sea un instrumento de mucha ayuda puede llegarse a convertir en una verdadera pesadilla.

Aunado a lo anterior los medios de comunicación han jugado un papel fundamental en el aumento de la ansiedad y las fantasías de muerte debido a las noticias alarmistas y centradas alrededor del COVID, así como en sus efectos devastadores.

Hablamos de estrés postraumático cuando una persona después de haber vivido una experiencia traumática en la que vio amenazada su vida tarda en restablecerse y reincorporarse a su funcionamiento habitual presentando síntomas como pesadillas, recuerdos repentinos de lo vivido y evita situaciones que le recuerden el trauma. De igual forma puede reaccionar exageradamente ante los estímulos y sufrir de ansiedad o depresión. Esta sintomatología puede durar desde meses o hasta años y puede acompañarse de reacciones fisiológicas (ansiedad, sudoración, taquicardia). El problema sobreviene cuando una vez lograda la recuperación física se detona sintomatología asociada a estrés postraumático.

Otro efecto psicológico es el sentirse como un riesgo potencial de daño hacia los demás, sobre todo con los seres queridos por temor a contagiarlos; en el caso desafortunado de haber contagiado a un ser cercano es probable que por un tiempo perdure la culpa de haber sido el causante de la enfermedad por lo que será necesario elaborar dicha culpa. Por otro lado, en el caso de no haber contagiado puede persistir la sombra de la posibilidad, la cual se llega a extender hasta ya remitidos los síntomas, limitando la incorporación a la vida familiar. Todos estos aspectos suelen complejizarse más cuando hablamos de toda la red familiar, en la cual unos miembros fungieron como cuidadores, y también fueron contagiados o bien tan sólo por el hecho de presenciar el deterioro de su familiar y la pérdida del mismo.

Y es que el miedo al contagio y a contagiar es algo que estará de manera permanente, sobre todo en aquellos que viven en condiciones de hacinamiento y/o tienen a su cuidado a niños o adultos mayores, a quienes se ha dicho reiteradamente que es necesario no visitar. Sin embargo, cuando vemos que muchas de las personas de la tercera edad experimentan depresión o sentimientos de soledad resulta imposible seguir al pie de la letra la recomendación, dado que no pueden pasar mucho tiempo solos. Es por esto que algunos colegas optan por promover “el sano acercamiento” más que la “sana distancia” ¿Cómo? Eso es algo que las familias tendrán que descubrir y dependerá de la dinámica de cada una, pero es importante no caer en el abandono a expensas de la sana distancia.

En algunas personas se ha visto cómo después de recuperarse, para reincorporarse a su vida normal, requieren de cierto tiempo para sentirse completamente listos; algunos continúan sintiéndose débiles o reportan cansancio, y otros pueden experimentar temor a volverse a infectar, lo cual también será un riesgo latente al menos hasta estar vacunados y aun así.

Por lo descrito anteriormente es necesario estar atentos a los problemas de salud mental de la población en general que se pueden desencadenar ya sea por el confinamiento, por la preocupación económica, la incertidumbre ante las condiciones de vida, por haber sido víctima de COVID y/o por haber sufrido la pérdida de algún familiar.

Algo que se sabe también es que el riesgo de sufrir afectaciones psicoemocionales no queda exenta del personal de salud quienes han estado sometidos a una gran carga de estrés que puede generar sintomatología asociada a estrés postraumático, siendo un grupo vulnerable que requerirá de atención. (Sheraton, 2020).

Así que si perteneces a uno de estos grupos y presentas alguno de estos síntomas no dudes en contactar al especialista en salud mental de tu confianza y mientras tanto a seguir cuidándonos con las medidas de protección ya conocidas.



Referencias Bibliográficas:

Greenberg, N., y Rafferty L. (2021) Post-traumatic stress disorder in the aftermath of COVID-19 pandemic. World Psychiatry, Feb; 20 (1):53-54. doi: 10.1002/wps.20838. PMID: 33432762; PMCID: PMC7801831.

Recuperado en: https://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1002/wps.20838

Huang, C., Huang, L., Wang, Y. et. al. (2021) 6-month consequences of COVID-19 in patients discharged from hospital: a cohort study. The Lancet, Volume 397, issue 10270, P220-232.

Recuperado en: https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(20)32656-8/fulltext

López-León, S., Wegman-Ostrosky, T., Perelman, C., et.al. (2021). More than 50 Long-term effects of COVID-19: a systematic review and meta-analysis. medRxiv  Jan 30:2021.01.27.21250617. doi: 10.1101/2021.01.27.21250617. PMID: 33532785; PMCID: PMC7852236.

Recuperado en: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/33532785/

Sepúlveda-Loyola, W., Rodríguez-Sánchez, I., Pérez-Rodríguez, P. et.al.  (2020).  Impact of Social Isolation Due to COVID-19 on Health in Older People: Mental and Physical Effects and RecommendationsJ Nutr Health Aging, 24(9):938-947. doi: 10.1007/s12603-020-1469-2. PMID: 33155618; PMCID: PMC7597423.

Recuperado en: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/33155618/

Sheraton, M., Deo, N., Dutt, T., et.al. (2020). Psychological effects of the COVID 19 pandemic on healthcare workers globally: A systematic review. Psychiatry, Oct; 292:113360. doi: 10.1016/j.psychres.2020.113360.

Recuperado en: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/32771837/

Vindegaard, N., y Benros, ME.  (2020) COVID-19 pandemic and mental health consequences: Systematic review of the current evidence. Brain Behav Immun, Oct; 89:531-542. doi: 10.1016/j.bbi.2020.05.048. Epub 2020 May 30. PMID: 32485289; PMCID: PMC7260522.

Recuperado en: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/32485289/